En 1949 estaba en Polotsk de jefe de Estado mayor de un regimiento de paracaidistas. La sección política de la división estaba muy descontenta con el comandante Koverchenko, porque se
Resultó que no era un curda desmemoriado, ¡qué va!. Quería vengarse de todos los disgustos que le había ocasionado la sección política. En Lituania abandonó la lancha y pidió a los lugareños: «¡Hermanos, conducidme hasta la guerrilla! ¡Aceptadme, no os arrepentiréis, les vamos a enseñar lo que es bueno». Pero los lituanos creyeron que lo mandaban los rusos.
Iván llevaba una carta de crédito cosida a la ropa. Tomó billete para el Kubán, pero para cuando el tren había llegado a Moscú, había cogido una gran borrachera en el vagón restaurante. Salió de la estación y, entornando los ojos en dirección a la ciudad le ordenó a un taxista: «¡Venga, a la embajada!». «¿A cuál?» «La que te parezca, ¡qué cono!» El chófer obedeció. «¿Y ésta cuál es?» «La francesa» «¡Pues hala!»
Es posible que tuviera las ideas confusas o que ya no albergara esa primera intención de ir a una embajada, pero en todo caso, su maña y su fuerza no habían menguado un ápice. En silencio, para no alertar al policía de la puerta dio un rodeo por el callejón y saltó por el muro liso, el doble de alto que él. En el patio de la embajada todo resultó más fácil: nadie lo vio, nadie le dio el alto. Iván entró en el edificio, atravesó una habitación, luego otra, y llegó hasta una mesa servida. Aunque en ella había de todo, lo que más le llamó la atención fueron las peras, que ya echaba de menos, y se llenó con ellas los bolsillos de los pantalones y de la guerrera. Entonces entraron a cenar los dueños de la casa. «¡Eh, franceses!», los acometió Koverchenko, a gritos. Le vino a la cabeza que Francia no había hecho nada bueno en los últimos cien años. «¿Por qué no hacéis una revolución? ¿O es que os habéis propuesto darle el poder a De Gaulle? ¡Como si en el Kubán no tuviéramos nada mejor que aprovisionaros de trigo! ¡Pues os equivocáis de medio a medio!» «¿Pero quién es usted? ¿De dónde ha salido?», le preguntaron estupefactos los franceses. Adoptando inmediatamente el tono adecuado, a Koverchenko se le ocurrió decir: «Soy un comandante del MGB». Los franceses se alarmaron: «Aun así, usted no debería irrumpir aquí. ¿Qué asunto le trae?». «Me c... en tus muertos», respondió Koverchenko, ya sin ambages, con toda su alma. Y todavía estuvo haciéndose el gallito un rato ante ellos, pero observó que en la estancia contigua ya había alguien al teléfono dando parte sobre él. Aún tuvo sangre fría para emprender la retirada, ¡pero entonces empezaron a caerle peras de los bolsillos! —y salió dejando tras de sí unas carcajadas humillantes...
De hecho, aún le quedaron fuerzas no sólo para irse de rositas de la embajada, sino para seguir haciendo de las suyas. A la mañana siguiente despertó en la estación de Kiev [266](¡Y no me diga usted que no se dirigía a la Ucrania occidental!), donde no tardaron en echarle el guante.
Durante la instrucción del sumario estuvo atizándole Aba-kúmov en persona y las cicatrices de la espalda se le hincharon hasta alcanzar el grueso de una mano. Las palizas del ministro no eran porlo de las peras, como es natural, ni tampoco por el justo reproche lanzado a los franceses, sino para que cantara quién le había reclutado y cuándo. Y le cayeron veinticinco años.