Para el común de los viajeros lo difícil es subirse al tren en una pequeña estación de paso y poder ocupar un asiento, pero, en cambio, apearse resulta lo más sencillo del mundo: uno echa sus bártulos al andén y salta. Para el preso es bien distinto. Si la policía o la guardia de la prisión del lugar no vienen a buscarlo o llegan un par de minutos tarde, ¡tut-tut!, el tren reemprende la marcha y se lleva al pobre diablo hasta la siguiente prisión de tránsito. Y menos mal si es ahí donde te llevan, porque de nuevo tendrás comida. Y es que a veces, te toca seguir en el vagón hasta final de trayecto, te tienen dieciocho horas a ti solo en el compartimiento vacío y luego te mandan de vuelta con un nuevo grupo de presos. Y entonces puede ser que otra vez no se presenten a buscarte, y de nuevo te encerrarán esperando en una vía muerta, ¡y todo este tiempo no te darán de comer! Porque tu ración estaba asignada hasta el transbordo previsto y de hecho tú ya cuentas como si comieras en Tulún. ¿Qué culpa van a tener en contabilidad si a los de la prisión se les ha olvidado venir por ti? Y la escolta no tiene por qué alimentarte de su propio pan. Y así pueden zarandearte hasta seis veces (¡como que no ha habido casos!): Irkutsk-Krasnoyarsk, Kras-noyarsk-Irkutsk, Irkutsk-Krasnoyarsk. De modo que cuando llegas de nuevo a Tulún y ves en el andén un ros azul celeste, hasta querrás echarte en sus brazos: ¡Gracias, amigo, gracias por sacarme de aquí!

Un par de días en un vagón-zak bastan para dejarte tan agotado, tan sofocado, tan hecho trizas, que cuando el tren pasa por una gran ciudad no sabes qué prefieres: si sufrir un poco más y llegar cuanto antes a destino o bien que te dejen recuperar fuerzas en la prisión de tránsito.

Pero de pronto la escolta se pone en movimiento, empieza a correr de un lado paraotro. Los soldados llevan puesto el capote y golpean el suelo con las culatas. O sea, que van a descargar todo el vagón.

Primero, la escolta se pone en semicírculo ante el estribo del vagón y, apenas has salido rodando, resbalando y dando trompicones por él, los soldados te gritan al unísono y a todo pulmón (así los han adiestrado): «¡Siéntate! ¡Siéntate! ¡Siéntate!». Esto surte un gran efecto cuando son varias las voces que gritan y además no te permiten alzar la vista. Es como si estuvieras bajo el fuego de proyectiles: sin darte cuenta te retuerces y avanzas a toda prisa (¿adonde te hace falta llegar tan deprisa?), te mantienes pegado al suelo y cuando alcanzas a los que salieron antes te sientas.

«¡Siéntate!», es una orden bien clara, pero cuando eres novato todavía no la comprendes. En una playa de vías de Ivanovo, al oír esta orden corrí abrazado a mi maleta (porque si no es una maleta fabricada en los campos, sino en libertad, siempre se le partirá el asa en el momento más crítico), la dejé en el suelo sobre el lado largo y, sin fijarme en qué habían hecho los primeros, me senté sobre ella. ¡Yo, que llevaba un capote de oficial, que aún no estaba tan mugriento como el de los demás y conservaba los faldones enteros, no podía sentarme encima de las traviesas, sobre aquella arenilla oscura y grasienta! El jefe de la escolta —una cara sonrosada, un rostro ruso donde los haya— se me acercó a la carrera, sin que me diera tiempo a figurarme qué querría ni por qué, aunque al parecer su intención era plantar su sagrada bota en mi cochina espalda, pero algo lo contuvo. No obstante, no le dolió ensuciar la reluciente puntera y le pegó tal patada a la maleta que le rompió la tapa, al tiempo que me dejaba bien claro: «¡Que-te-sientes!». Y sólo entonces caí en la cuenta de que yo me alzaba como una torre entre los zeks, y antes de que me diera tiempo a preguntar: «¿Y cómo he de sentarme?», ya había comprendido. Con mi preciado capote me senté como los demás, como los perros junto al portal, como los gatos ante la puerta.

(Todavía conservo aquella maleta, e incluso ahora, cada vez que la veo, paso los dedos por ese deshilachado agujero. Éste, claro, no puede cicatrizar como cicatrizan las heridas del cuerpo y del corazón. Los objetos tienen más memoria que nosotros.)

Era una posición bien calculada. Sentado en el suelo con las rodillas en alto, el centro de gravedad se desplaza hacia atrás, es difícil levantarse e imposible dar un respingo. Además, nos ponían lo más juntos posible, para que cada uno estorbara el máximo a los demás. De haber querido arrojarnos de pronto sobre la escolta, nos habrían cosido a tiros mucho antes de que llegáramos a levantarnos.

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