Los presos deben sentarse para esperar a que venga el cuervo (que se lleva a los presos por tandas, pues todos no caben de una vez) o para que los conduzcan a pie. Procuran que la espera transcurra en un lugar apartado, de modo que los hombres en libertad vean lo menos posible, pero a veces, aunque resulte más embarazoso, los hacen sentar directamente en el andén o en cualquier espacio abierto (en Kúibyshev fue así). Ello pone a prueba a cualquier persona en libertad: nosotros los observábamos con plena conciencia de nuestro derecho, con nuestro mirar más sincero, pero ellos..., ¿cómo debían mirarnos ellos a nosotros? ¿Con odio? La conciencia no se lo permitiría (ya se sabe, sólo los escritores y periodistas soviéticos creen que la gente está encerrada «con razón»). ¿Con compasión? ¿Con lástima? ¿Y si su nombre va a parar a una lista? ¡Nada más fácil que imponerles una condena también a ellos! A nuestros orgullosos y libres ciudadanos soviéticos («Anda, leed y envidiadme, soy ciudadano de la Unión Soviética»), [268]que ahora agachan la cabeza con culpa y pretenden no verlos, como si el lugar estuviera desierto. Las ancianas tienen más coraje: ya no pueden corromperlas y además creen en Dios. Parten trozos de su escuálido pan y los arrojan hacia nosotros. Tampoco sienten miedo los veteranos de los campos, los delincuentes comunes, naturalmente. Bien saben ellos que: «Quien no ha estado aquí, acabará por entrar; y quien ya ha estado no podrá olvidar». [269]A veces nos lanzaban un paquete de cigarrillos, esperando que alguien hiciera lo mismo por ellos en la siguiente condena. La mano de las ancianas era débil y los mendrugos caían al suelo antes de llegar hasta nosotros; en cambio, los paquetes de cigarrillos revoloteaban por el aire hasta posarse en medio del grupo. Los soldados hacían chasquear los cerrojos de los fusiles y apuntaban contra la vieja, contra la bondad, contra el pan: «¡Hala, circula, abuela!».

Y ese pan sagrado, yacía desmigajado en el polvo hasta que nos sacaban de allí.

En general, esos minutos que pasábamos sentados en el suelo de una estación eran los mejores. Recuerdo que en Omsk nos hicieron sentar sobre las traviesas, entre dos largos convoyes de mercancías. Por aquel espacio no pasaba nadie (seguramente habían puesto soldados a cada extremo: «¡Prohibido el paso!». Y es que el soviético, incluso en libertad, está educado para someterse al hombre de uniforme). Caía la tarde. Estábamos en agosto. El grasiento balasto de la estación, expuesto al sol toda la jornada, no había tenido tiempo de enfriarse y nos calentaba las posaderas. La estación no se veía, pero quedaba muy cerca, detrás de los trenes. Desde ahí nos llegaba el sonido de un gramófono con música alegre entre un compacto bullicio de multitud. Y no sé por qué, no parecía humillante estar sentados en la tierra, con suciedad y apreturas, en aquel rincón; no parecía un escarnio oír los bailes de una juventud que nos era ajena, unos bailes que nosotros ya nunca bailaríamos; imaginar que había gente esperando o despidiendo a alguien en el andén, e incluso quizá con un ramo de flores. Fueron veinte minutos pasados casi en libertad: iba oscureciendo la tarde, parpadeaban las primeras estrellas, brillaban luces rojas y verdes sobre las vías, sonaba la música. La vida continuaba sin nosotros, y ya ni siquiera nos importaba.

Atesorad estos minutos y la prisión os será más leve. Deotro modo os desgarrará la rabia.

Siempre que sea peligroso llevar a los zeks hasta el cuervo porque, por ejemplo, hay cerca carreteras y gente, las ordenanzas prevén esta magnífica orden: «¡Agarrados del brazo!». ¿Y qué tiene de humillante ir del brazo? ¿Pues no se anda del brazo de ancianos y crios, muchachas y ancianas, sanos e inválidos? Si una de tus manos está ocupada acarreando los bártulos, te pasarán el brazo por ese lado y tú asirás por el otro a tu vecino. De este modo, el grupo cierra filas hasta andar el doble de apiñados que si marcharais en formación ordinaria. De repente os sentís más pesados, os transformáis en cojos que intentan equilibrar el peso de los trastos, os tambaleáis agobiados por ellos. Sois criaturas torpes, sucias y grises, que avanzan como ciegos, unidas con aparente afecto. ¡Una parodia del género humano!

También puede ser que no haya ningún cuervo esperando y que el jefe de la escolta sea un miedica que teme no llegar a destino con todos. Y así, como plomos, a trompicones, tropezando con vuestros bártulos, deberéis arrastraros hasta la misma prisión aunque haya que atravesar la ciudad.

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