¡Fue un «sí» digno de oírse! Salía de una garganta tensa, pues el miedo a
Y esta minúscula tempestad, contenida en una caja de chapa de acero, avanzaba pacíficamente por uno de los seis carriles, se detenía ante los semáforos y señalizaba cada giro con los intermitentes.
A Oleg Ivanov acababa de conocerlo minutos antes en Butyrki, he aquí en qué circunstancias: nos habían llevado al box de «la estación» [272]y habían sacado nuestros enseres de la consigna. Los dos salimos del box a la vez. Ya en el pasillo, pudimos ver al otro lado de una puerta abierta una celadora en bata gris que revolvía la maleta de Oleg. En esto, se le cayó al suelo un galón dorado de teniente coronel —no se sabe por qué se había conservado uno solo—. La mujer no se había dado cuenta y tenía puesto el pie sobre las grandes estrellas.
Su zapato pisaba la hombrera igual que en una escena de cine.
Se lo hice notar a Oleg: «¡Fíjese usted, camarada teniente coronel!».
El rostro de Ivánov se ensombreció. Sin duda, para él la noción de un servicio intachable seguía teniendo importancia.
Y ahora, estaba lo de su esposa.
Todo esto tuvo que asimilarlo en el espacio de una hora escasa.
2. Los puertos del Archipiélago
Desplegad sobre una gran mesa un mapa de nuestra patria lo suficientemente extenso. Poned gruesos puntos negros en todas las capitales regionales, en todos los nudos ferroviarios, en todos los puntos de transbordo, ahí donde termina la vía férrea y empieza un río, o bien donde el río forma un recodo y se inicia un sendero. ¿Qué sucede? ¿Ha quedado todo el mapa cubierto de cagadas de mosca? Pues bien, tenéis ante vosotros el majestuoso mapa de los puertos del Archipiélago.
No se trata, ciertamente, de aquellos puertos de ensueño que tan seductoramente nos presentaba Aleksandr Grin, puertos en que se bebe ron en las tabernas y se hace la corte a bellas mujeres. Tampoco encontraréis aquí el azul cálido del mar (aquí, para lavarse hay un litro de agua por cabeza; o para que resulte más cómodo, ¡cuatro litros para cuatro personas, que deben lavarse a la vez en un mismo barreño!). Salvo esto, todo aquello que confiere a los puertos una atmósfera novelesca —la suciedad, los parásitos, las blasfemias, el trasiego, la babel de lenguas y las riñas— lo encontraréis de sobra.
Raro es el preso que no haya pasado por tres, cuatro o hasta cinco prisiones de tránsito, muchos recuerdan una decena de ellas, y los
Pero quien tenga una memoria precisa y pueda discernir unos recuerdos de otros ya no tiene por qué viajar por el país, porque gracias a las prisiones de tránsito su mente habrá asimilado toda su geografía. ¿Novosibirsk? Lo conozco, he estado allí. Hay unos barracones muy sólidos, hechos de gruesos troncos. ¿Irkutsk? Es donde se han cegado varias veces las ventanas con ladrillos, puede verse cómo eran en tiempos del zar, se aprecia cada reforma y los agujeros que han dejado para ventilación. ¿Vólogda? Sí, un viejo edificio con torreones. Los retretes están unos encima de otros, pero los entretechos de madera están podridos y gotean sobre los de abajo. ¿Usman? ¡Y cómo no! Un penal hediondo y piojoso, una construcción antigua, con bóvedas. La atiborran tanto que cuando empiezan a sacar a presos para un traslado, cuesta creer que hayan podido caber todos allí. La columna ocupa media ciudad.