—Y allí estuvimos empantanados unos cuantos meses. ¡Las chinches brincaban como saltamontes por los catres! Agua, medio vaso al día: ¡No había agua, ni nadie para ir a buscarla! Para los coreanos había una zona aparte: ¡Todos murieron de disentería, todos! En nuestra zona, cada mañana se llevaban a un centenar de hombres. Estaban construyendo un depósito de cadáveres y los zeks acarreaban la piedra enganchados a unos carros. Hoy tiras tú y mañana te nevarán a ti. Y además en otoño se declaró el tifus exantemático. Nosotros también nos quedábamos los muertos hasta que hedían, y despachábamos sus raciones. No había medicamento alguno. Si nos acercábamos a la alambrada —¡Dadnos medicamentos!—, nos respondían con una ráfaga desde la atalaya. Luego trasladaron a los enfermos de tifus a un barracón aparte. Hubo bastantes que no resistieron el traslado y de los que sí lo soportaron, muy pocos volvieron. Las literas de ese barracón eran de dos pisos, y como los presos de arriba no podían bajar a hacer sus necesidades por causa de la fiebre, ¡mojaban directamente a los de abajo! Unos mil quinientos habría allí tendidos. Los enfermeros eran cofrades, a los muertos les arrancaban los dientes de oro. Tampoco tenían reparo en sacárselos a los vivos...

—¡Venga, y dale con el treinta y siete, siempre a vueltas con el treinta y siete! ¿Y qué me decís del cuarenta y nueve, en la bahía de Vánino, en la quinta zona? ¡Pues éramos treinta y cinco mil! ¡Y durante varios meses! ¡Porque, como siempre, no daban abasto con los barcos a Kolymá. Y cada noche, vayase a saber por qué, nos cambiaban de barracón, de una zona a otra. Como en los campos de los nazis: ¡qué de silbidos y de gritos! «¡Fuera todos y que no haya último!» [273]¡Y todos salían en estampida! ¡Siempre corriendo! Cien hombres a buscar pan, ¡venga, corriendo! A buscar el rancho, ¡corriendo! ¡No había ninguna clase de cuencos! ¡Coge el rancho con lo que te parezca, con los faldones, con las palmas de la mano! Traían el agua en cisternas, no había nada con qué distribuirla, por tanto la echaban a chorro, el que ponía la boca, agua tenía. Si empezaba una riña junto a la cisterna, ¡abrían fuego desde la atalaya! Sí, igualito que con los fascistas. Cuando vino de inspección el general-mayor Derevianko, jefe de la USVITL, un aviador militar salió a su encuentro y se desgarró la guerrera ante la multitud: «¡Tengo siete medallas de combate! ¿Quién les ha dado derecho a disparar sobre la zona?». Derevianko dijo: «Disparamos y continuaremos disparandohasta que aprendáis a comportaros». [274] 53

—No, muchachos, no. Todo esto que contáis no son prisiones de tránsito. ¡Para prisión de tránsito, la de Kírov! Tomemos un año que no tenga nada de particular, tomemos el año 1947, cuando para poder cerrar la puerta de la celda los carceleros tenían que embutir a la gente a golpe de bota. En septiembre (y Viatka no está precisamente a orillas del mar Negro), en las literas de tres pisos todos permanecían sentados, sin nada de ropa, debido al calor, y si estaban sentadosera porque no había sitio para tenderse: una fila ocupaba el lugar donde debieran haber ido las cabezas, y otra la parte de los pies. Y en el pasillo había dos hileras más sentadas en el suelo, y entre éstas, aún otra, y todas iban intercambiándose. Guardaban los sacos en la mano o sobre las rodillas, pues no había dónde dejarlos. Sólo los cofrades yacían a sus anchas en las literas centrales, junto a las ventanas; y es que por ley,aquellos sitios eran suyos. Las chinches eran tantas que picaban hasta de día y se lanzaban en picado desde el techo. Y así había que aguantar una semana, un mes.

En esto me entran ganas de meter baza, de contar lo ocurrido en Krásnaya Presnia en agosto de 1945, el verano de la Victoria, pero siento vergüenza: nosotros, al fin y al cabo, podíamos estirar las piernas por la noche y las chinches se comportaban con moderación, aunque de noche, tendidos bajo las potentes bombillas, se nos comían las moscas, pues estábamos desnudos y cubiertos de sudor de tanto calor como hacía. Pero todo esto eran menudencias y hasta me daba vergüenza jactarme de ello. Nos cubríamos de sudor al menor movimiento, y después de la comida sudábamos sencillamente a chorros. En una celda algo mayor que una habitación normal de una vivienda había cien hombres, tan hacinados que uno no sabía dónde poner los pies. En las dos pequeñas ventanas había bozales de plancha de hierro, y como daban al sur, no sólo impedían la circulación del aire, sino que, al darles el sol, actuaban como radiadores.

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