No se le ocurra ofender a uno de estos especialistas diciéndole que conoce una ciudad en la que no hay prisión de tránsito. Le demostrará de manera irrefutable que ciudades así no existen y estará en lo cierto. ¿Salsk, dice usted? Pues allí a los presos en tránsito los encierran en las celdas de preventiva junto con los que están en plena instrucción sumarial. Y en cada capital de distrito, tres cuartos de lo mismo. ¿En qué se diferencia, pues, de una prisión de tránsito? ¿En Sol-Iletsk? ¡Hay una! ¿En Rybinsk? ¿Y entonces cómo llamar a la prisión n° 2, la del antiguo monasterio? ¡Ah, eso sí!, es muy tranquila, con sus patios pavimentados y desiertos, sus viejas losas cubiertas de musgo, y los barreños de madera en el baño, todo muy limpito. ¿Y en Chita? Pues la prisión n° 1. ¿Y en Naushki? Eso no es una cárcel, sino un campo de tránsito, pero tanto da. ¿En Torzhok? Pues en la montaña, también un monasterio.

¡Compréndalo, alma de Dios, no puede haber ciudad sin prisión de tránsito! ¿Es que no sabe que en cualquier parte hay tribunales sesionando? ¿Y cómo van a llevarse a los condenados hasta el campo? ¿Por el aire?

Naturalmente, hay prisiones y prisiones. Pero es imposible dilucidar cuál es mejor y cuál peor. No falla, cuando se juntan tres o cuatro zeks, cada uno de ellos presume de «la suya»:

—La prisión de tránsito de Ivánovo no será de las más célebres, pero preguntadle a cualquiera que pasara por ella en el invierno de 1937 a 1938. No había calefacción , pero no sólo no se helaba la gente, sino que en las literas de arriba los había que se tendían desnudos. Hubo que romper todos los cristales de las ventanas para no asfixiarse. En la celda n° 21, en lugar de los veinte hombres que le correspondían, había... ¡trescientos veintitrés!Como había agua bajo los catres, pusieron unas tablas y a algunos les tocó acostarse sobre ellas. Y era hacia allá abajo precisamente adonde iba a parar la helada corriente de aire que entraba por las ventanas, ya sin cristal. En pocas palabras, bajo los catres reinaba la noche polar: no había luz alguna, toda quedaba tapada por los que se acostaban en los catres y por los que estaban de pie junto a ellos. Era imposible pasar por el corredor hacia la cubeta, más bien había que deslizarse por el canto de los catres. No daban la comida de uno en uno sino a cada diez hombres. Si alguno de la decena moría, lo metían bajo el catre y lo tenían allí hasta que empezaba a oler mal. Porque así podían comerse su ración. Esto aún podía soportarse, si no fuera porque a los vertujáisparecía que les hubieran frotado con ortigas: no paraban de mandar a la gente de una celda a otra, una y otra vez. Y apenas te habías instalado: «¡En pie! ¡Cambio de celda!». Y de nuevo a buscar sitio. ¿Y por qué se había sobrecargado tanto la prisión? Pues porque estuvieron tres meses sin llevar a los presos al baño, se extendieron los piojos, y los piojos provocaron llagas en los pies y luego vino el tifus. Y por causa del tifus se impuso una cuarentena, y en cuatro meses no salió de ahí ningún traslado.

—Pero esto que cuentas no es porque fuera la prisión de Ivánovo, sino porque así eran los tiempos que corrían. Porque en 1937-1938 en las prisiones de tránsito no es que gimieran sólo los zeks, sino hasta las mismísimas piedras. La de Irkutsk tampoco era ninguna prisión fuera de lo corriente, pero en 1938 ni los médicos se atrevían a examinar las celdas. Sólo recorrían los pasillos mientras el vertujáibramaba en cada puerta: «¡El que haya perdido el conocimiento, que salga!».

—En 1937, amigos míos, todos discurrían por Siberia en dirección a Kolymá, pero acababan atascados en el mar de Ojotsk y hasta en el mismo Vladivostok. Los barcos no conseguían transportar hasta Kolymá más de treinta mil hombres por mes, pero desde Moscú, venga a enviar más y más gente, sin cumplimientos. Bueno, y llegaron a juntarse hasta cien mil hombres, ¿qué te parece?

—¿Y quién pudo contarlos?

—Pues el que tuviera que contarlos.

—Si es a la prisión de tránsito de Vladivostok a la que te refieres, en febrero de 1937 no habría ahí más de cuarenta mil hombres.

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