PITSCHIK (a Lubova Andreievna). - Concédame usted un valsecito. (Lubova Andreievna sale del brazo con él.) Mi querida amiga, necesito todavía ciento ochenta rublos. ¿Puedo contar con ellos? (Ambos se alejan bailando. Óyense voces en la gran sala. Llega Lo- pakhin. Pitschik le besa y le dice:) Tú hueles a coñac. Nosotros, ya lo ves, nos divertimos.

(Entra Lubova Andreievna.)

LUBOVA. -¿Es usted, Yermolai Alexie- vitch? ¿Cómo ha tardado tanto? ¿Dónde está Leónidas?

LOPAKHIN. -Leónidas Andreievitch ha llegado antes que yo.

GAIEF (entrando). -Me encuentro terriblemente fatigado, Firz; voy a cambiar de traje. (Firz le sigue.)

PITSCHIK (a Lopakhin). -Hable, hable.

LUBOVA. -¿Y el jardín de los cerezos? ¿Lo han vendido?

LOPAKHIN. -Sí.

LUBOVA (ansiosamente). -¿Quién lo ha comprado?

LOPAKHIN. -Yo.

(Pausa prolongada.)

LUBOVA (desfallecida, tiene que apoyarse en una mesa para no caer). -¡Vendido!…

VARIA (desprende el manojo de llaves de su cintura y lo arroja al suelo. Parte en silencio).

LOPAKHIN. -Yo lo compré. Atención, señores. Háganme el favor… Mi cabeza vacila. (Ríe.) Yo llegué a la subasta. Derejanof se me había anticipado. Leónidas Andreievitch no poseía más que quince mil rublos…, los de la tía de Yaroslaf. Derejanof ofreció, además del importe de las deudas, treinta mil. Yo, excluidas las deudas, pujé hasta noventa mil; y el jardín de los cerezos me fue adjudicado, con el resto. El jardín de los cerezos es mío. (Da saltos de alegría.) ¡ Si mi padre y mi abuelo, desde el fondo de sus tumbas, pudieran asistir a este acontecimiento! ¡El pequeño Yermolai, que ellos dejaron en el mundo sin saber apenas leer y escribir, aquel mozalbete que durante el invierno caminaba descalzo, ha comprado esta vasta propiedad! Mi padre y mi abuelo eran siervos. ¿No parece esto un sueño? (Recoge del suelo las llaves, contemplándolas con amor.) Ha tirado las llaves. Ha reconocido, por este gesto, que la propiedad ya no les pertenece. El amo soy yo.

(Hace sonar las llaves.) ¿Qué se me da de lo que puedan ellos pensar? (La orquesta afina sus instrumentos.) ¡Vengan acá; quiero oírles! ¡Mañana se oirá otra música: la del hacha de Yer- molai Lopakhin cortando los cerezos, en cuyo ex jardín se elevarán las datchas. Una vida nueva renacerá en estos parajes. (La música suena. Lubova, sentada en una silla, llora amargamente.) ¿Por qué no ha escuchado usted mis consejos? Ahora ya es tarde.

PITSCHIK (estrechándole en sus brazos y besándole). -Lubova Andreievna llora. Dejémosla sola. Vámonos.

Lopakhin. -¿Qué es eso? Músicos, tocad fuerte. Que se os oiga. Yo quiero que todo se efectúe con arreglo a mis instrucciones… (Con arrogancia.) Aquí está nuevo propietario del jardín de los cerezos. (Yendo un lado para otro, henchido de satisfacción, tropieza con un velador y derriba un candelabro.) ¡No es nada! Lo pagaré. Yo puedo pagar cuantos desperfectos se originen por mi causa. (Vase con Pitschik.)

(En el salón no queda sino Lubova Andreievna, sentada y llorando. La orquesta toca a la sordina. Ania entra y se arrodilla ante su madre.)

ANIA. -Mamá, no llores…, yo te quiero. Yo te bendigo… El jardín de los cerezos ya no es nuestro. Para nosotros, este jardín no existe ya. ¡No importa! No llores más. Miremos al porvenir. Ven conmigo. Cultivaremos un nuevo jardín de los cerezos, que será mucho más hermoso que el otro. Una nueva felicidad descenderá sobre tu alma. Vámonos, mi querida mamá, vámonos.

Cuarta parte

La llamada «habitación de los niños», pero sin cortinas, sin cuadros en las paredes. Algunos muebles apilados en un ángulo. Junto a la puerta de salida, grandes maletas. Las puertas y ventanas están abiertas. Del interior llegan las voces de Varia y de Ania. En medio de la estancia, Lopakhin, de pie, en actitud expectante. Yascha entra una bandeja con copas de champaña. Epifotof, en la antecámara, ocúpase en clavar un cajón. Un grupo de mujiks llega para decir adiós a sus antiguos amos. Óyese la voz de Gaief que dice: «Gracias, amigos míos». Yascha hace los honores a los que vienen a despedirse. El ruido cesa; gradualmente, Lubo- va Andreievna y Gaief aparecen. Lubova está pálida, pero no llora. Su voz tiembla.

GAIEF. -¿Y le has dado todo lo que tenías en el portamonedas?

LUBOVA. -No podía hacer menos. (Parten.)

LOPAKHIN (gritando desde la puerta). - Oigan, yo les invito. Vengan a beber una copa de champaña, en señal de adiós. (Pausa.) ¿No quieren aceptar mi invitación?… Si lo hubiera sabido, no lo habría comprado. Está bien; yo no lo beberé tampoco. (Yascha coloca con precaución la bandeja sobre una silla.) Yascha, en tal caso, bébetelo tú.

YASCHA. -¡Buen viaje! ¡Mi enhorabuena a los que se quedan aquí! (Apura una copa.) Yo le aseguro que este champaña no es natural. Sin embargo, lo pagué a ocho rublos la botella.

LOPAKHIN. -Hace un frío de todos los diablos en este aposento.

YASCHA. -Hoy no se han encendido las estufas. Lo mismo da, puesto que nos vamos. (Ríe.)

LOPAKHIN. -¿Por qué te ríes?

YASCHA. -Porque estoy muy contento.

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