LUBOVA. -Usted juzga la cuestión desde un punto de vista que no puede ser el mío. Yo nací en esta casa. Mi padre y mi madre residieron aquí y mis antepasados lo propio. Yo adoro esta vivienda y ese jardín de los cerezos. Yo no concibo mi existencia sin ese jardín. Si hay que venderlo, que me vendan a mí con el jardín. (Toma entre sus manos la cabeza de Trofimof y le besa la frente.) Mi hijo Grischa corrió frecuentemente entre esos cerezos. Me parece que le estoy viendo. Grischa se ahogó en estas cercanías. (Llorando.) Tenga compasión de mí…

TROFIMOF. -Harto sabe usted, Lubova Andreievna, que yo comparto sus infortunios.

LUBOVA. -Sí, en efecto; pero convendría que los compartiese de otro modo. (Saca su pañuelo del bolsillo; un telegrama cae al suelo…) Yo quisiera concederle la mano de Ania; pero usted no se ocupa de nada, no hace nada. Camina de una Universidad a otra. Pierde el tiempo lamentablemente. Divaga sin rumbo fijo. Yo no sé qué pensar de usted. Es usted un tipo singular.

TROFIMOF (después de recoger el telegrama). -Yo no tengo empeño en ser una perfección.

LUBOVA (estrujando el telegrama). -Otro despacho de París. Cada día uno nuevo… Yo le quiero, le quiero… Un gran peso llevo sobre mis hombros. Este peso me aplasta. No sé vivir sin él. (Estrecha la mano de Trofimof.)

TROFIMOF (con ternura). -Excuse mi franqueza. Él la robó, por él ha sido usted despojada de parte de su fortuna.

LUBOVA. -No, no. (Se tapa los oídos.) No diga usted eso.

TROFIMOF. -Es un tunante. Usted es la única que no se da cuenta de ello. Cierra los ojos a la evidencia.

LUBOVA (molesta, conteniéndose). -A la edad de usted, veintiséis o veintisiete años, se expresa como un alumno de segunda enseñanza.

TROFIMOF. -Tanto peor.

LUBOVA. -A su edad debiera ser ya un hombre; comprender la vida. Carece usted de pureza de alma. Siempre estará en ridículo.

TROFIMOF (aterrado).-¿Qué es lo que dice?

LUBOVA. -Yo me siento más alta que el amor… Usted no está, no, por encima del amor. Como dice Firz, es usted un ser acabado. ¡A su edad, y no tener siquiera una amante!…

TROFIMOF. -Lo que dice es horrible. (Desaparece por el gran salón, la cabeza entre las manos. Lubova permanece silenciosa. Trofimof, al cabo de un rato, vuelve.) Entre nosotros, Lu- bova Andreievna, todo ha terminado. (Vase.)

LUBOVA (riendo). -Pietcha, aguarde. Es usted tonto. Quise bromear. (Ruido de alguien que baja rápidamente por las escaleras. Ania y Varia, en las estancias interiores, ríen a carcajadas.) ¿Qué sucede?

(Ania entra a la carrera, riendo.)

ANIA. -Pietcha rueda por las escaleras. (Huye.)

(Resuenan las notas de un vals. Ania y Pietcha pasan por el fondo del salón.)

LUBOVA. -Pietcha, perdóneme. Venga a bailar conmigo.

(Ania y Varia bailan, juntas. Pietcha baila con Lubova Andreievna. Entra Firz, quien coloca su bastón en un ángulo de la pieza. Yascha le sigue. Ambos contemplan el baile.)

YASCHA. -¿Qué tal, viejo Firz?

FIRZ. -No me siento bien… Antaño había almirantes y generales que tomaban parte en el baile. Hoy se ha invitado al jefe de estación y al empleado de Correos; y ni aun esos vienen con gran apresuramiento… Estoy muy débil. No sé ya qué medicina tomar. El difunto amo, abuelo de la señora, trataba todas las enfermedades por el lacre. Ésta era toda su farmacopea. Yo lo tomo desde hace veinte años, y, acaso por este motivo, me hallo todavía vivo.

YASCHA. -¿Qué aburrido eres, Firz? Puedes reventar cuando quieras.

FIRZ. -¿Y tú?… (Balbucea algunas frases.)

(Trofimof y Ania entran, bailando, en el gabinete.)

LUBOVA. -Gracias…, voy a sentarme. Estoy algo cansada.

(Ania, que había vuelto a salir, bailando con Trofimof, torna, presa de gran turbación.)

ANIA. -Un hombre acaba de decir en la cocina que el jardín de los cerezos ha sido vendido.

LUBOVA. -Vendido, ¿a quién?

ANIA. -No dijo a quién. Dio la noticia y partió.

(Ania reanuda la danza con Trofimof y ambos desaparecen de la sala.)

YASCHA. -Es un desconocido, un anciano el que charló en la cocina.

FIRZ. -¡Y Leónidas Andreievitch, que todavía no está de vuelta! Se fue llevando gabán de entretiempo. Temo que se resfríe.

LUBOVA. -Me consumo. Ardo en ansias por saber noticias. Yascha, vaya inmediatamente a informarse si es verdad que han vendido el jardín de los cerezos.

YASCHA (riendo). -El viejo que trajo la noticia partió hace tiempo.

LUBOVA (confusa). -¿De qué se ríe? Explique la razón de su júbilo. (A Firz.) Oye, Firz; y si venden la finca, ¿dónde irás tú?

FIRZ. -Iré donde usted me mande.

LUBOVA. -¿Qué significa esa cara? ¿No te encuentras bien? Mejor harías yendo a descansar un rato.

FIRZ (sonriendo). -Sí; me iré a dormir. Pero cuando yo duerma, ¿quién me reemplazará en mis quehaceres? Hay que tener en cuenta que estoy solo en la casa.

YASCHA. -Lubova Andreievna, permítame que le dirija un ruego. Cuando regrese a París, haga por que yo la acompañe. Aquí me aburro.

(Pitschik entra.)

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