Siguió la declaración de más testigos: el médico, unos vecinos que confirmaron el estado penoso del matrimonio, y el policía que había encontrado una botella oculta bajo el quimono de la acusada, había hecho una prueba de su contenido con una rata, que murió en el acto, y la había arrestado. Un caso claro, pensó Sano.

– ¿Qué tienes que decir en tu defensa, Mariko? -preguntó el magistrado Ueda.

Sin dejar de llorar, la mujer levantó la cabeza.

– ¡Yo no maté a mi marido! -gritó.

– Hay muchas pruebas de tu culpabilidad -replicó el magistrado-. O bien las refutas, o confiesas.

– Mi suegra me odia. Me echa la culpa de todo. Cuando murió mi marido quería castigarme. Así que le dijo a todo el mundo que yo lo había envenenado. Pero yo no fui. ¡Por favor, tenéis que creerme!

Sano dio un paso al frente.

– Honorable magistrado, os solicito permiso para interrogar a la acusada.

La gente giró la cabeza; un murmullo de sorpresa recorrió el público. Era poco frecuente que alguien que no fuera el funcionario que presidía el tribunal llevara a cabo interrogatorios.

– Permiso concedido -dijo el magistrado Ueda.

Sano se arrodilló junto al shirasu. Desde detrás de una enmarañada mata de pelo, la acusada lo miraba asustada, como una fiera en cautiverio. Estaba demacrada y tenía la cara llena de contusiones, con los dos ojos morados.

– ¿Esto te lo hizo tu familia? -preguntó Sano.

Asintió temblorosa. Su suegra alzó la voz en justa indignación:

– Era vaga y desobediente. Se merecía todas las palizas que le dimos mi hijo y yo.

Sano se encendió de ira. El hecho de que aquella situación se diera a menudo no la hacía menos censurable a sus ojos.

– Honorable magistrado -dijo-, necesito información de la acusada. Si me la proporciona, recomendaré que los cargos contra ella pasen a ser homicidio en defensa propia y que la devuelvan a casa de sus padres.

El público prorrumpió en protestas.

– Con el debido respeto, sosakan-sama -dijo un doshin-, pero esto es un mal ejemplo para la ciudadanía. ¡Pensarán que pueden matar, alegar defensa propia y quedar impunes!

– ¡Asesinó a mi hijo! ¡Merece morir! -gritó la suegra.

– Tú y tu hijo maltratasteis a esta chica -replicó Sano, aunque se preguntaba por qué estaba interfiriendo en asuntos que nada tenían que ver con su investigación. Era vagamente consciente de que la rabia manaba de su recién adquirida comprensión de la triste situación de las mujeres y de la necesidad de compensar a Reiko de algún modo por el cruel tratamiento que la sociedad dispensaba a su sexo-. Ahora pagáis el precio.

– Silencio -bramó el magistrado Ueda por encima del clamor del público, que amainó después de que los guardias sacaran a rastras de la habitación a la suegra vociferante. Luego se dirigió a Sano-: Se aceptará vuestra recomendación si la acusada coopera. Adelante.

Sano se volvió hacia la chica.

– ¿De dónde sacaste el veneno que mató a tu marido?

– No… No quería matarlo -sollozó-. Sólo quería debilitarlo, para que no me pegase más.

– Ahora estás a salvo -dijo Sano, aunque era mucho esperar que sus padres no la castigaran por el fracaso de su matrimonio, o no la casaran con otro hombre cruel. ¡Qué poco podía hacer para corregir siglos de tradición! Sobre todo cuando no estaba dispuesto a empezar por su propia casa-. Ahora dime de dónde sacaste el veneno.

La acusada se sorbió los mocos.

– Se lo compré a un viejo vendedor ambulante.

«¡Choyei!» A Sano le dio un vuelco el corazón.

– ¿Dónde te viste con él?

– En el muelle Daikon.

El barrio al noroeste de Nihonbashi era una cuadrícula de canales. Delante de cada almacén había un muelle de piedra por el que los estibadores acarreaban leña, tallos de bambú, verduras, carbón y cereales, desde los barcos amarrados y hacia ellos. Sano conocía la zona de sus tiempos de policía, porque los barracones de los yoriki estaban situados en el vecino Hatchobori, en el límite del distrito funcionarial. Avanzó a caballo por el muelle Daikon, entre porteadores cargados de fardos de largos rábanos blancos. Sus alientos formaban nubes de vapor en el aire límpido y gélido; una fuerte brisa encrespaba las aguas de los canales, que reflejaban el azul invernal del cielo. Los gritos, los golpes y el ruido de las suelas de madera resonaban con claridad. Sano olía la característica y conmovedora mezcla de humo de carbón y nieves de las remotas montañas que para él anunciaba la última estación del año.

La acusada le había dado indicaciones para llegar al lugar donde se había encontrado con Choyei: «Tiene una habitación en una casa de la tercera calle que sale del muelle.»

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