La madre de Kushida miró con pavor a su marido y señaló con la cabeza a un anciano samurái que sollozaba junto a la puerta.

– Yohei fue el último que lo vio.

Aquél, pues, era el fiel vasallo al que Kushida había engañado para que le abriera la puerta de la celda.

– Nada de lo que hizo o dijo mi amo me alertó sobre su propósito de escapar -se lamentó Yohei-. No sé por qué lo hizo.

Yohei avanzó con paso vacilante y se postró a los pies de Sano.

– ¡Oh, sosakan-sama, cuando atrapéis a mi joven señor, os ruego que no lo matéis! Yo soy el responsable de lo que ha pasado esta noche. ¡Dejadme morir en su lugar!

– No lo mataré -prometió Sano. Necesitaba vivo a Kushida para interrogarlo otra vez-. Y no te castigaré si me ayudas a encontrarlo. ¿Tiene amigos a los que acudir en busca de ayuda?

– Está su viejo sensei, el maestro Saigo. Ahora está jubilado y vive en Kanagawa.

Aquel pueblo era la cuarta parada en el camino de Tokaido, a medio día de distancia, aproximadamente. Sano se despidió de la familia Kushida. A continuación, Hirata y él salieron y montaron a lomos de sus caballos.

– Envía mensajeros para avisar a los guardias de las postas de que estén atentos por si aparece Kushida -le dijo a Hirata-. Pero no creo que vaya a dejar la ciudad.

– Ni yo -dijo su vasallo-. Me aseguraré de que la policía haga circular su descripción por toda la ciudad y diga a los centinelas de los barrios que estén ojo avizor. Después… -Hirata tomó aliento con fuerza y soltó el aire-. Después me encontraré con la dama Ichiteru.

Se separaron, y Sano se encaminó de vuelta al castillo de Edo para lanzar a las tropas a una cacería humana por toda la ciudad antes de asistir al juicio que el magistrado Ueda quería que presenciase. Hubiese matado o no el teniente Kushida a la dama Harume, constituía un peligro para los ciudadanos. Sano se sentía responsable de su captura y de cualquier crimen que el teniente pudiera cometer hasta entonces.

El juicio ya había comenzado cuando Sano llegó al Tribunal de Justicia. Entró con discreción en la sala larga y tenuemente iluminada. El magistrado Ueda, con rostro sombrío a la luz de las lámparas de la mesa, ocupaba el estrado, con un secretario a cada lado. Cruzó la mirada con Sano y lo saludó con la cabeza. La acusada, una mujer, llevaba una túnica de muselina. Estaba de rodillas frente a la tarima, con las muñecas y los tobillos atados, sobre una esterilla en el shirasu. En el centro de la habitación, un público no muy nutrido se arrodillaba en hileras.

Mientras un secretario leía la fecha, la hora y los nombres de los funcionarios que presidían la sesión para las actas del tribunal, Sano recordó lo que Reiko le había contado sobre que, en su juventud, espiaba los autos de aquel tribunal. Se preguntó si estaría allí en aquel momento, oculta en algún observatorio privilegiado, desafiándolo una vez más. ¿Se entenderían alguna vez como marido y mujer? ¿Por qué quería su padre que presenciase el juicio?

– A la acusada, Mariko de Kyobashi, se le imputa el asesinato de su esposo, Nakano el zapatero -anunció el secretario-. A continuación, este tribunal escuchará las pruebas.

Llamó a declarar al primer testigo: la suegra de la acusada. Entre los sollozos de Mariko, una anciana se levantó de entre el público. Renqueó hasta el estrado, se arrodilló, hizo una reverencia al magistrado Ueda y dijo:

– Hace dos días, mi hijo enfermó de repente después de tomar la cena. Boqueó, tosió y dijo que no podía respirar. Se acercó a la ventana para que le diera el aire, pero estaba tan mareado que se cayó al suelo. Entonces empezó a vomitar: al principio, lo que había comido, después sangre. Intenté ayudarlo, pero pensó que yo era una bruja que pretendía matarlo. ¡Yo, su propia madre!

La voz de la anciana se quebró por la angustia.

– Empezó a patalear y a gritar. Salí corriendo para buscar un médico. Cuando volvimos a casa al cabo de unos momentos, mi pobre hijo había muerto. Estaba rígido como este pilar.

La emoción alivió el peso del cansancio y las tribulaciones de Sano. ¡El zapatero había muerto con los mismos síntomas que la dama Harume! Ahora Sano entendía por qué el magistrado Ueda lo había llamado.

– Mariko es quien cocina y sirve nuestras comidas -dijo la testigo con una mirada furibunda hacia la acusada-. Era la única persona que tocaba el cuenco de mi hijo antes de que comiera. Tuvo que envenenarlo ella. Nunca se llevaron bien. Por las noches se negaba a cumplir con su deber de esposa. Odia llevar la casa, ir a la compra y bordar, ayudar en la tienda para ganarse el techo y la comida, y cuidar de mí. La matábamos de hambre y le pegábamos, pero ni así se comportaba decentemente. Mató a mi hijo para poder volver a casa de sus padres. ¡Honorable magistrado, os ruego que hagáis justicia a mi hijo y condenéis a muerte a esta infame!

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