De un manotazo, tiró al suelo al actor arrodillado. Shichisaburo cayó de bruces. Horrorizado por su propia crueldad, el chambelán contuvo el impulso de disculparse y ceder a sus ansias de amor. La necesidad de defenderse pesaba más que cualquier otra.
– Lo siento, mi señor -dijo Shichisaburo entre sollozos-. No era mi intención ofenderos. Pensé que os complacería lo que he hecho. ¡Mil disculpas!
Se levantó sobre los codos. El chambelán Yanagisawa lo golpeó en la mandíbula, y volvió a caer. Al sacar su soledad a la superficie, al hacerlo vulnerable, el actor lo había rebajado, había trocado sus posiciones. Yanagisawa no pensaba tolerar ese cambio en la balanza de poder. Presagiaba sufrimientos y desgracias que no quería ni imaginarse.
De un tirón, arrancó la banda de algodón blanco que cubría la ingle de Shichisaburo y le separaba las nalgas. Después se quitó a manotazos su propia ropa. Empotró al joven actor boca abajo contra el tatami y se sentó a horcajadas sobre él.
– ¡Te voy a enseñar quién es el amo y quién el, esclavo! -gritó.
Shichisaburo sollozaba y temblaba de miedo. A menudo se habían divertido jugando al sexo violento, pero eso no era un juego, y él lo sabía.
– Si así lo desea mi señor, jamás volveré a hablar de mi amor -chilló-. ¡Olvidemos lo sucedido y dejémoslo todo como antes!
No tenían vuelta atrás; entre ellos todo había cambiado. El chambelán Yanagisawa aporreó la espalda de Shichisaburo con los puños. El chico gimió pero no se revolvió. La falta de resistencia enardeció todavía más a Yanagisawa. Agarró al actor por el pelo y le estampó la cara en el tatami repetidas veces, mientras trataba a tientas de liberar su erección del taparrabos.
– Podéis hacerme… lo que… os apetezca -gimoteó Shichisaburo entre boqueadas de angustia. Su piel estaba reluciente de sudor; el hedor de su miedo llenaba la habitación, pero tuvo valor para hablar-. Acepto… el dolor. Incluso si… no lo queréis… soy vuestro para siempre. ¡Haré… cualquier cosa por vos!
Antes de que la violenta fusión de placer y furia lo superara, el chambelán Yanagisawa se dio cuenta de lo que tenía que hacer. Tenía que poner fin a su relación con Shichisaburo, o afrontar el desmoronamiento de su poder, de todo su ser. Pero, de momento, el joven actor resultaba demasiado útil para dejarlo. Había ejecutado sus órdenes con acierto. El escenario estaba dispuesto para la destrucción de Sano y el otro rival de Yanagisawa. Pero si la trama fracasaba por algún motivo, tal vez precisase otra vez de los servicios de Shichisaburo antes del fin de la investigación.
16
La última tarea del día que Sano debía desempeñar era atender los informes presentados por su cuerpo de detectives. En su despacho, los hombres relataban los progresos en su caza del traficante de venenos y la inspección del Interior Grande. Habían sondeado a doctores y farmacéuticos, sin resultado hasta el momento; las preguntas a las residentes de las dependencias de mujeres y los registros de las habitaciones se habían mostrado infructuosos a la hora de revelar datos o pruebas de utilidad. Sano dio órdenes de que se reanudara el trabajo al día siguiente y asignó un equipo para seguir la pista del frasco de tinta y la carta desde la mansión Miyagi hasta la dama Harume. Luego los detectives abandonaron la habitación y dejaron solos a Sano y a Hirata para que pusieran en común sus pesquisas.
– La jefatura de policía me ha dado una posible pista sobre el vendedor ambulante -dijo Hirata-, un viejo que vende afrodisíacos por toda la ciudad. Estoy usando a uno de mis confidentes, la Rata.
Sano asintió en señal de aprobación. Aquel vendedor de drogas podría haber suministrado la toxina para flechas que mató a Harume, y conocía sobradamente las habilidades de la Rata.
– ¿Y qué hay de la dama Ichiteru?
Hirata hurtó la mirada.
– He hablado con ella. Pero… todavía no tengo un informe definitivo.
Parecía distraído, y en sus ojos brillaba una intensidad peculiar. A Sano le preocupaban las evasivas de Hirata, así como su fracaso para obtener información de un sospechoso importante. Pese a todo, odiaba reprender a Hirata.
– Supongo que mañana será suficiente para acabar de interrogar a la dama Ichiteru -dijo.
Su voz debía de haber reflejado algo de duda, porque Hirata saltó a la defensiva.
– Ya sabéis que no siempre es posible obtener toda la información de alguien a la primera. -Se retorcía las manos-. ¿Preferiríais interrogar vos mismo a la dama Ichiteru? ¿No confiáis en mí? ¿Por lo de Nagasaki?
Sano recordó cómo su inclinación por afrontar todos los retos a solas en esa ciudad casi acaba con él, y que la capacidad y lealtad de Hirata le habían salvado la vida.
– Por supuesto que confío en ti -dijo Sano. Para cambiar de tema, le describió el reconocimiento del cadáver de la dama Harume y sus entrevistas con el teniente Kushida y los Miyagi-. Mantendremos en secreto el embarazo hasta que haya informado al sogún. Entre tanto, trata de descubrir con discreción quién sabía o suponía que Harume estaba preñada.