– ¿Creéis que ella lo sabía? -preguntó Hirata.
Sano meditó.
– Parece que al menos lo sospechaba. Mi teoría es que no notificó su embarazo porque no estaba segura de quién era el padre, o de si el sogún reconocería al niño como suyo. -Sano notó que Hirata tenía la vista perdida en vez de escucharle-. ¿Hirata?
Hirata se sobresaltó y se ruborizó.
– ¡Sí, sosakan-sama! ¿Hay algo más?
Si el comportamiento de Hirata no volvía pronto a la normalidad, pensó Sano, iban a tener que hablar en serio. Pero, en ese momento, lo único que Sano deseaba era ver a Reiko.
– No, nada más. Te veré mañana.
– ¿Cómo, que no está en casa? -preguntó Sano al criado que lo recibió en los aposentos privados de la mansión con la noticia de que Reiko había salido por la mañana y todavía no había vuelto-. ¿Adónde ha ido?
– No lo quiso decir, amo. Sus escoltas enviaron recado de que la habían llevado a varios puntos de Nihonbashi y Ginza. Pero no sabemos qué hacía.
Una sospecha desagradable tomó forma en la cabeza de Sano.
– ¿Cuándo volverá?
– Nadie lo sabe. Lo siento, amo.
Irritado por el aplazamiento de su velada romántica, Sano se dio cuenta de que estaba hambriento: no había comido desde el mediodía, un cuenco de fideos en casa de su madre después de la entrevista con el teniente Kushida. Además, necesitaba limpiar de su mente el recuerdo de la disección.
– Que me preparen el baño y me traigan la cena -ordenó al sirviente.
Ya bañado, vestido con ropa limpia y cómodamente instalado en el salón cálido e iluminado por las lámparas, Sano trató de comer su cena a base de arroz, pescado al vapor, verduras y té. Pero su enfado con Reiko pronto se convirtió en preocupación. ¿Le habría pasado algo malo?
¿Lo habría abandonado?
Perdido el apetito, Sano dio vueltas por la habitación. Se le ocurrió que así debía de ser el matrimonio para las mujeres: esperar en casa el regreso de su esposo, temerosas e inquietas. De repente entendió que Reiko se rebelase contra el modo de vida que le había caído en suerte. Pero el enfado lo privaba de comprensión. Aquello no le gustaba, ¿cómo se atrevía a tratarlo así? Durante la hora siguiente, su furia alternó con una creciente preocupación. Se imaginaba a Reiko atrapada en un edificio en llamas o asaltada por forajidos. Ensayó en su cabeza la reprimenda que iba a dirigirle cuando llegara a casa.
Entonces oyó ruido de cascos en la puerta. El corazón le dio un vuelco con alivio y furia simultáneos. ¡Por fin! Salió corriendo hacia la entrada. Allí llegaba Reiko, acompañada de su cortejo. El viento frío le había conferido una intensa chispa en los ojos y le había desprendido unos cuantos mechones del peinado. Estaba absolutamente encantadora, y satisfecha consigo misma.
– ¿Dónde has estado? -preguntó Sano-. No tendrías que haber salido sin mi permiso, y sin dejar constancia de tu paradero. ¡Explica qué has estado haciendo hasta tan tarde!
Los criados, ante el panorama de una disputa conyugal, se esfumaron. Reiko se cuadró y adelantó su delicada mandíbula.
– He estado investigando el asesinato de la dama Harume.
– ¿Después de que te ordenase que no?
– ¡Sí!
A pesar de su enfado, Sano admiraba la entereza de Reiko. Una mujer más débil le habría mentido para evitar la reprimenda en vez de plantarle cara. Su atracción por ella cargó el aire del oscuro pasillo de chispas invisibles. Y notaba que ella también lo sentía. El recato rompió la mirada impasible de Reiko; se llevó la mano al pelo para arreglárselo; se tocó el diente mellado con la lengua. Sano se sintió excitado contra su voluntad. Se obligó a reír con sarcasmo.
– Investigando, ¿cómo? ¿Qué puedes hacer tú?
Con las manos entrelazadas y las mandíbulas firmes en un rígido autocontrol, Reiko dijo:
– No tengas tanta prisa por reírte de mí, honorable esposo -dijo con voz cargada de desdén-. He ido a Nihonbashi a ver a mi prima Eri. Es funcionaria de palacio en el Interior Grande. Me dijo que sorprendieron al teniente Kushida en la habitación de la dama Harume dos días antes del asesinato. La dama Ichiteru amenazó con matar a Harume en una pelea que tuvieron en el templo de Kannei.
Se rió ante la cara de sorpresa de Sano.
– No lo sabías, ¿verdad? Sin mí nunca te habrías enterado, porque acallaron los dos incidentes. Y Eri cree que alguien le arrojó una daga a Harume y trató de envenenarla el verano pasado. -Reiko describió los sucesos, y añadió-: ¿Cuánto hubieses tardado tú en descubrirlo? Necesitas mi ayuda. ¡Admítelo!
Aquel hallazgo situaba al teniente Kushida en la habitación de la dama Harume el día en que los Miyagi le enviaron el frasco de tinta. Kushida podría haber leído la carta y ver la oportunidad perfecta para administrar el veneno con el que ya tenía planeado asesinarla. Reiko también había confirmado el odio a Harume de la dama Ichiteru. Sano estaba impresionado por su habilidad, y furioso por su falta de remordimientos.