El teniente Kushida estaba de rodillas en el suelo del salón, con las muñecas y los tobillos atados a la espalda. Desnudo a excepción del taparrabos y los vendajes ensangrentados que cubrían los cortes de espada de sus brazos y piernas, pugnaba por liberarse. Su sudor llenaba la habitación de un olor rancio y repugnante. Hirata y dos detectives estaban en cuclillas a su lado, por si lograba soltarse. Un farol situado sobre su cabeza lo bañaba en una luz cruda.

Sano daba pasos con la vista puesta en el teniente cautivo. Su herida era leve, pero sentía una necesidad primaria e imperiosa de acostarse con una mujer, para purgarse del trauma de la batalla y reafirmar la vida por medio del acto sexual. Lamentaba que el deplorable estado de su matrimonio no le permitiera aquella válvula de escape. El incidente de esa noche había perjudicado todavía más la relación entre Reiko y él, tal vez de modo permanente.

– ¿Has atacado tú a los guardias de las puertas de mi casa y de las otras mansiones? -le preguntó a Kushida, quien lo fulminó con una mirada de odio.

– ¿Y qué si lo he hecho? -escupió-. Están todos vivos. Sé cómo herir sin matar.

«Un dechado de arrepentimiento», pensó Sano.

– ¿Qué hacías en mi despacho?

– ¡Nada! -El teniente Kushida se retorció contra sus ataduras, con la cara roja por el esfuerzo. Hirata y los detectives lo miraban con recelo.

– Tendrás que esforzarte un poco más, Kushida -dijo Sano-. Uno no deja fuera de combate a diez guardias, entra sin permiso en la morada de otro hombre y revuelve sus pertenencias sin un motivo. Ahora respóndeme: ¿para qué has venido?

– ¿Qué más da? Inventaréis mentiras sobre mi y sacaréis vuestras propias conclusiones diga lo que diga. -Su cuerpo se precipitó hacia delante en una torpe embestida contra Sano. Hirata lo asió y lo hizo retroceder-. ¡Que los dioses os maldigan a vos y a todo vuestro clan! -Kushida prorrumpió en un torrente de crudas invectivas.

– Estás en graves apuros -dijo Sano, manteniendo un tono desapasionado a pesar de su creciente impaciencia-. Aun con tu buen expediente, te expones a ser ejecutado por usar un arma dentro del castillo de Edo, por allanar mi morada y tratar de alancear a mi esposa, a mis hombres y a mí. Pero estoy dispuesto a escuchar lo que tengas que decir y recomendar un castigo menor si tus motivos son lo bastante buenos. De modo que habla y sé breve. No tengo toda la noche.

El teniente dedicó una mirada furibunda a Sano y a sus hombres, y probó un último y enérgico forcejeo contra las cuerdas. Después se abandonó. Con el cuerpo laxo y la cabeza gacha, Kushida dijo:

– Buscaba el diario de la dama Harume.

– ¿Cómo supiste de su existencia? -preguntó Sano.

Los rasgos de Kushida cobraron una suerte de tristeza digna.

– Lo descubrí en su armario.

– ¿Cuándo?

– Tres días antes de que muriera.

– De modo que mentiste al decir que nunca entraste en la habitación de la dama Harume.

Sano se sintió mísero en extremo al recordar que Reiko le había dicho que su prima situaba al teniente en el dormitorio de Harume en ese mismo momento. La información de Reiko se había demostrado fidedigna. La había insultado al ponerlo en duda.

– De acuerdo, mentí -reconoció el teniente, sin ánimo-, porque no estaba en su habitación para envenenarla, cómo vos pensabais. Y no he venido aquí para hacerle daño a nadie. Tenía que conseguir el diario. Había pensado robarlo de la habitación de la dama Harume esta noche, cuando entrara de servicio. Pero el capitán de la guardia me dijo que habíais pospuesto mi reincorporación al trabajo. -Kushida le lanzó una mirada llena de amargura-. Entonces sonsaqué a un soldado, y me dijo que habíais confiscado el diario de Harume como prueba. Así que vine aquí a por él.

Sano deseó haberle prohibido totalmente el acceso al castillo a aquel guardia peligroso y desequilibrado. Pese a todo, tenía la oportunidad de obtener información.

– ¿Para qué quieres el diario?

– La primera vez sólo llegué a leer un par de páginas. -La voz de Kushida sonaba cansada, desolada-. Quería descubrir quién era su amante, y pensé que tal vez hubiera escrito su nombre en algún punto del diario.

– ¿Cómo sabías que Harume tenía un amante? -Sano cruzó una significativa mirada con Hirata: el teniente no sólo había admitido haber entrado en la habitación de Harume, sino que también se había procurado un móvil más para asesinarla.

Despojado de la combatividad, Kushida parecía un pequeño y trágico mico.

– Cuando escoltaba a la dama Harume y a las otras mujeres en sus excursiones, ella se escabullía del grupo. Tres veces la seguí, y le perdí la pista. La cuarta la rastreé hasta una posada de Asakusa. Pero no pude pasar por la puerta porque había soldados custodiándola. No llevaban ningún emblema, y no quisieron decirme quiénes eran.

Los hombres del caballero Miyagi, pensó Sano, que velaban por la intimidad de su amo durante su cita con Harume.

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