– Exquisito -suspiró Tokugawa Tsunayoshi-. Sabes lo que me gusta, Ichiteru. -Del otro lado de la pared llegó un leve crujido procedente de Chizuru, atenta al inicio del juego sexual. Entonces el sogún cayó en la apariencia varonil de Ichiteru-. Y qué guapa vienes esta noche.

– Gracias, mi señor -dijo Ichiteru, complacida del buen rumbo de su estratagema de seducción.

Le dejó admirar la ilustración un rato más, y después pasó a la segunda página del libro. La escena presentaba un sacerdote budista calvo, de pie en el oratorio de un templo con su túnica azafrán levantada por encima de la cintura. A sus pies se arrodillaba un joven novicio que chupaba su miembro abultado. El poema rezaba:

Como la gota de lluvia es a la tormenta de verano,

así la iluminación espiritual difiere

de los éxtasis de la carne.

– ¡Ah, qué blasfemo y soez! -Con una risilla, Tokugawa Tsunayoshi se apoyó en Ichiteru. Del pasillo llegaban los rítmicos pasos de los guardias de patrulla. Tras la puerta, Chizuru tosió con discreción. Pero el sogún parecía ajeno a aquellas distracciones al hacerle una procaz caída de ojos a Ichiteru.

La concubina sonrió para darle ánimos y reprimió un escalofrío. La estupidez y el cuerpo enfermizo del sogún siempre le habían causado una extrema repugnancia. De estar en su mano la elección de un amante, escogería a alguien como el detective Hirata, a quien tanto le había complacido martirizar en el teatro de marionetas. ¡Aquel hombre que sabría apreciarla de verdad! Pero la ambición debía imponerse a las emociones. Ichiteru tenía que cumplir el destino establecido para ella tiempo atrás.

Durante las lecciones de música, caligrafía y ceremonia del té de su infancia, los miembros adultos de la familia imperial a menudo se acercaban a echar un vistazo.

– Ichiteru se revela como una gran promesa -decían. Niña brillante pero inocente, siempre obediente y respetuosa con sus mayores, Ichiteru se había regodeado con las alabanzas. No tardaron en llegar otras lecciones, exclusivas para ella.

Al palacio había llegado una bella cortesana del barrio del placer de Kioto. Se llamaba Ébano, y enseñó a Ichiteru el arte de complacer a los hombres: cómo vestirse y flirtear, cómo dar una conversación entretenida, cómo adular el ego masculino. Con una estatua de madera, le hizo demostraciones de técnicas manuales y orales para excitar a un amante. Después la ilustró en el uso de la erótica, los juguetes y los juegos para mantener el interés del hombre. Desvistió a Ichiteru y la inició en los placeres de su propio cuerpo. Acariciando con los dedos la aterciopelada hendidura de la joven femineidad de Ichiteru, Ébano la había conducido a su primer clímax sexual. Cuando Ichiteru había gemido, arqueado la espalda y gritado presa del éxtasis, Ébano le había dicho:

– Eso es lo que desea ver un hombre cuando se acuesta contigo.

Valiéndose de una barra de madera, Ébano le había enseñado a apretar sus músculos internos en torno al órgano masculino. Le había mostrado las maneras de seducir a un hombre al que no le gustasen las mujeres; cómo satisfacer apetitos inusuales. Más adelante, el médico de la corte la había instruido en el uso de drogas para aumentar la excitación y fomentar la concepción. Siempre diligente, Ichiteru no puso objeciones a nada de lo que le pidieron, ni preguntó por qué la habían elegido para aquel adiestramiento especial. Por tanto, hasta su decimosexto cumpleaños no descubrió adónde apuntaban aquellas lecciones.

Unos enviados de Edo llegaron a palacio. Vistieron a Ichiteru con sus mejores galas y se la presentaron. Más tarde, la emperatriz le dijo:

– Te han seleccionado para que seas concubina del próximo sogún. Los adivinos han profetizado que darás a luz a su heredero y unirás el clan del emperador con el Tokugawa. A través de ti, las riquezas y el poder regresarán a la familia imperial. Mañana partes hacia Edo.

Después Ichiteru se enteró de que su familia la había vendido a los enviados del sogún. Soportó el mes de viaje desde Kioto a Edo en una neblina de pesar y confusión. Un pensamiento la sostenía: el destino de la familia imperial dependía de ella. Debía atraerse el favor de Tokugawa Tsunayoshi e inducirlo a que la preñase. Era su deber hacia el emperador, su país y la gente que amaba.

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