Allí, al calor de los braseros y las tazas de sake, se arrodillaron uno frente al otro. Hirata presentaba un estado lamentable, con la cabeza baja en anticipación a la reprimenda. Sano se armó de voluntad para hacerse insensible a la pena. Había sido demasiado permisivo con el comportamiento sospechoso del vasallo. Aquella tarde había comprometido su trabajo, tal vez de modo irreparable. Sano odiaba la perspectiva de arriesgar esa amistad que valoraba por encima de cualquier otra, pero aquella vez estaba decidido a obtener unas cuantas respuestas.

– ¿Qué pasó durante tu entrevista con la dama Ichiteru, y por qué has dejado que tus superiores creyeran que era inocente? -preguntó.

– Lo siento, sosakan-sama -respondió Hirata con voz vacilante-. No hay excusa para lo que he hecho. Yo… La dama Ichiteru… No logré que contestara a mis preguntas, así que en verdad no sé si mató ella a la dama Harume. Ella… ella me confundió…

Su mirada se iluminó con el recuerdo. Después bajo la vista, como sorprendido en un acto vergonzoso.

– No debería haber hablado en la reunión. Cometí un grave error. Tendríais que despedirme. Me lo merezco.

Sano estaba atónito. Acostumbrado a confiar en su vasallo mayor, se sentía como si hubieran arrancado una viga maestra de la armazón de su cuerpo de detectives. Pero la furia de Sano se aplacó a la vista de la humildad de Hirata.

– Después de todo lo que hemos pasado juntos, no voy a despedirte por un solo error -dijo. Lleno de alivio, Hirata parpadeó con los ojos humedecidos. Sano tuvo el tacto de afanarse sirviendo otra una taza-. Ahora, concentrémonos en el caso. Hemos perdido nuestra oportunidad de interrogar a la dama Ichiteru de forma oficial, pero tiene que haber más métodos de obtener información sobre ella.

Bebieron, e Hirata, no muy convencido, dijo:

– Tal vez aún podamos hablar con Ichiteru. -De debajo de su quimono sacó una carta y se la entregó.

En cuanto Sano la leyó, el entusiasmo eclipsó su depresión.

– ¿Tiene información sobre el asesinato? Quizá sea ésta la oportunidad que necesitábamos.

– ¿Es que creéis que debo ir? -Un destello de loca alegría asomó a los ojos de Hirata antes de que la consternación los nublara-. ¿A ver a la dama Ichiteru, a solas, en el lugar que ella describe?

– Es a ti a quien quiere ver -respondió Sano-. Tal vez no esté dispuesta a hablar con nadie más. Y no podemos ponerla en peligro, ni transgredir las órdenes del sogún, yendo a verla al castillo.

– ¿Confiáis en mí para una entrevista tan crucial? ¿Después de lo que he hecho? -Hirata daba muestras de incredulidad.

– Sí -dijo Sano-, confío en ti.

Tenía un doble propósito al enviar a Hirata al encuentro: quería la información de la dama Ichiteru, pero también pretendía que su hombre recuperase la confianza en sí mismo.

– Gracias, sosakan-sama. ¡Gracias! -dijo Hirata con ferviente gratitud, e hizo una reverencia-. Prometo que no os fallaré. Resolveremos este caso.

Cuando Hirata se hubo ido, Sano se acercó a su escritorio. Al leer los informes de sus detectives, deseó poder compartir la fe de Hirata. Sus hombres habían interrogado a todos los miembros de la casa de los Miyagi; ninguno admitió haber manipulado la tinta o haber visto a nadie que lo hiciera. Habían seguido el rastro del frasco hasta la dama Harume. El mensajero que lo entregó aseguraba no haber abierto el paquete sellado, ni haberse detenido en ningún momento por el camino. Los interrogatorios a los guardias del castillo que habían recibido el paquete, al criado que lo llevó hasta el Interior Grande y a las muchas personas con posible acceso al frasco durante su trayecto se habían demostrado infructuosos.

Sano se frotó las sienes, donde palpitaba un insidioso dolor de cabeza; no tendría que haber tomado licor con el estómago vacío. Su viaje al pasado de la dama Harume había hecho que el caso resultara más desconcertante; seguía creyendo que los hechos de su vida estaban relacionados con el asesinato, pero no lograba establecer la conexión. Se sentía vacío de energía, necesitado de solaz. ¿Dónde estaba el reposo que había esperado encontrar en el matrimonio?

De pronto, sintió la presencia de Reiko: una sensación mental vagamente parecida a las ondas de un arroyo lejano. Se dio cuenta de que la había estado sintiendo desde que llegara a casa: en el espacio de apenas tres días, había entrado en sintonía con su esposa. Siempre sabría cuando estaba cerca. El matrimonio había obrado aquella extraña magia a pesar de los conflictos que los separaban. ¿Lo sentía Reiko también? La idea le dio la esperanza de una oportunidad para la comprensión y la armonía mutuas. Entonces, a medida que la sensación iba en aumento y oía el crujido del entarimado bajo sus pasos suaves, se olvidó de las contrariedades de su jornada. Ella se acercaba. Tenía el corazón desbocado y la boca seca.

Una llamada a la puerta: tres golpes quedos y firmes.

– Adelante. -La voz de Sano sonó ronca por los nervios, y tuvo que aclararse la garganta.

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