Cuando se detuvo junto a la puerta, con una pregunta en su mirada, quería decirle: «Investigar la vida de la dama Harume me ha abierto los ojos. Entiendo lo que significa ser mujer en un mundo regido por los hombres. Me doy cuenta de lo cruel que es una sociedad que pone límites a la existencia de las mujeres. ¡Sé cómo te sientes!»
Mas ¿cómo podía afirmar que entendía la posición de Reiko, sin dejar de perder la suya? No quería verla implicada en una investigación de asesinato que se había hecho más peligrosa, si cabe, desde la irrupción de la dama Keisho-in como sospechosa. Todavía dudaba sobre su capacidad para lograr algo que compensara el hecho de poner en peligro su vida. Saberlo haría que Reiko rechazase su simpatía como una simple treta para ganarse su afecto en contra de su voluntad. Sano buscó desesperadamente un tema neutral de conversación, pero cualquier cosa que dijera les llevaría a la cuestión capital de la independencia de Reiko -la autoridad de Sano- y a otra pelea.
– Buenas noches -dijo Sano, al fin.
Con un susurro de prendas de seda y una brisa de jazmín, Reiko salió y cerró la puerta con suavidad. Más descorazonado que nunca, Sano se quedó a solas tras su escritorio. Su presencia aún flotaba en el aire: un arroyo claro que gota a gota horadaba su paso a través del lecho de roca del alma de Sano. Pero, a menos que lograran superar de algún modo aquel terrible punto muerto, estaban condenados a vivir como extraños, juntos pero distantes. El amor parecía un sueño imposible.
En contra de su sentido común, Sano se sirvió otra taza de sake. Después, entre sorbo y sorbo del tibio licor, volvió sus pensamientos hacia otro amante desdichado, el teniente Kushida. El guardia de palacio suponía la mejor oportunidad que tenía Sano para cerrar con prontitud la investigación y salvar la vida. Sin embargo, al leer por encima el informe de los detectives sobre Kushida, sus ánimos flaquearon todavía más. No habían encontrado ninguna prueba incriminatoria en su biografía o su vivienda. Aquello devolvía a Sano al punto de partida: la declaración de Kushida y el intento de robo.
Alargó el brazo hacia los estantes empotrados del gabinete de su despacho y cogió el diario de la dama Harume. Al hojearlo volvió a preguntase por qué habría querido llevárselo el teniente Kushida. Entonces Sano descubrió algo que antes se le había pasado por alto. Acercó el diario abierto a la lámpara para estudiarlo más de cerca.
Los márgenes estaban llenos de minúsculas marcas de tinta, allí donde el cordón de seda unía las páginas. Sano desató el cordón y separó las hojas. Las marcas eran los finos remates de unos caracteres que la dama Harume había escrito en el borde interior de las páginas centrales, para después ocultarlos con la encuadernación. En el orden correcto, rezaban:
Sano releyó los versos con júbilo contenido. La expresión de amor eterno de Harume no cuadraba con las quejas de traición de la dama Keisho-in. Debía de haber tenido otro amante, al que había querido tanto que no pudo resistir la tentación de dejar constancia por escrito de sus emociones a pesar del temor a que la descubrieran.
Pero ¿quién era aquel amante de reputación pública y nombre sin especificar? Cualquier hombre sería condenado a muerte por acostarse con la concubina favorita del sogún; incluso una mujer podría correr la misma suerte por usurpar el afecto de la dama Harume. ¿Cómo la concreta posición de aquella persona había acrecentado el peligro? ¿Era aquel romance la causa de los anteriores atentados contra su vida?
Sano se puso en guardia contra el peligro de querer encontrar una pista que lo apartase de la dama Keisho-in. Tal vez Harume había escrito sobre la madre del sogún en algún periodo más feliz de su relación. Aunque Sano sabía que el amor a menudo supera los obstáculos de la edad, quería creer que Harume había aceptado las atenciones de Keisho-in con el único fin de obtener privilegios. Quería creer que el poema escondido implicaba a otra persona.