- Sin embargo, ¿quién tiene la pura y simple valentía de manifestar en voz alta el acto más cruel y burlesco de toda la historia, consistente en que Israel, en treinta años, ha convertido a los palestinos en los nuevos judíos de la tierra? ¿Sabes cómo los sionistas calificaban a mi país, antes de apoderarse de él? Pues decían: «Es una tierra sin pueblo para un pueblo sin tierra.» ¡No existimos! Mentalmente, los sionistas ya habían cometido un genocidio, sólo les faltaba cometerlo de hecho. Y vosotros, los ingleses, fuisteis los arquitectos de esa gran visión. ¿Sabes cómo nació Israel? Una potencia europea regaló a un grupito de judíos un territorio árabe. Y no consultó ni a un solo habitante de dicho territorio. Y esta potencia fue la Gran Bretaña. ¿Quieres que te cuente cómo nació Israel? ¿Es demasiado tarde, quizá? ¿Estás cansada, acaso? ¿Tienes que regresar a tu hotel?

Mientras daba las contestaciones pedidas, Charlie tuvo tiempo de maravillarse ante la paradoja de un hombre capaz de bailar con tantas y tantas de sus muchas sombras, y, a pesar de ello, mantener el equilibrio. Entre los dos ardía una vela. Estaba clavada en el cuello de una vieja y grasienta botella negra, y sometida al constante ataque de un moscardón ebrio, que Charlie apartaba de vez en cuando con el dorso de la mano, con lo cual su brazalete despedía destellos. A la luz de la vela, mientras Joseph desarrollaba su historia alrededor de Charlie, ésta contemplaba la cara recia y disciplinada de Joseph, alternándola con la de Michel, cual si se tratara de dos caras impresas en una misma placa fotográfica.

- Escucha. ¿Me escuchas?

- Joseph, te estoy escuchando. Michel, te estoy escuchando.

- Nací en el seno de una patriarcal familia en un pueblo situado cerca de El Jalil, ciudad a la que los judíos llaman Hebrón. -Hizo una pausa, con la recia mirada de sus ojos negros fija en Charlie, y repitió-: El Jalil. -Volvió a callar. Y habló de nuevo-: Recuerda el nombre, es de gran importancia para mí que lo recuerdes, y lo es por muchas razones. Recuérdalo: El Jalil. ¡Dilo!

Charlie lo dijo: «El Jalil.»

- El Jalil es un gran centro de pura fe islámica. En arábigo, la palabra significa «amigo de Dios». El pueblo de El Jalil, o Hebrón, es la élite de Palestina. Y te voy a contar un chistecito que te dará mucha risa. Existe la creencia de que el único lugar del que los judíos jamás fueron expulsados es la montaña de Hebrón, que se alza al sur de la ciudad. Por lo tanto, es muy posible que por mis venas corra sangre judía. Y esto no me avergüenza. No soy antisemita, sólo soy antisionista. ¿Me crees?

Joseph no esperó a que Charlie le asegurase que le creía, debido a que no lo necesitaba.

- En casa éramos seis hermanos; o sea, cuatro chicos y dos chicas. Yo soy el menor. Todos trabajábamos la tierra; mi padre era el mukhtar, o jefe, nombrado por el consejo de los ancianos. Nuestro pueblo era famoso por sus higos y sus uvas, por sus guerreros y por sus mujeres, mujeres tan hermosas y tan obedientes como tú. La mayor parte de los pueblos son famosos solamente por una cosa. El mío lo es por muchas.

Charlie murmuró:

- Sí, claro, ¿cómo no?

Pero su interlocutor estaba muy lejos, pero que muy lejos, de ser susceptible a ironías.

- Sin embargo, mi pueblo era famoso sobre todo por los sabios consejos que daba mi padre, quien tenía la convicción de que los musulmanes debieran formar una sociedad conjuntamente con los cristianos y los judíos, de la misma forma que sus respectivos profetas vivían en armonía, todos juntos, bajo un mismo Dios. Y te hablo mucho de mi padre, mi familia y mi pueblo. En esta ocasión y en muchas otras posteriores. Mi padre admiraba a los judíos. Había estudiado el sionismo, y le gustaba invitar a judíos a nuestro pueblo para hablar con ellos. Obligó a mis hermanos mayores a aprender el hebreo. De niño escuchaba por la noche a los hombres cantando viejas canciones de guerra. De día, llevaba por la brida el caballo de mi abuelo al río, y escuchaba cuentos de viajeros y trashumantes. Cuando te describo este paraíso, te causo la sensación de recitarte auténtica poesía. Sí, sé hacerlo. Tengo el don preciso para ello. Te cuento que en la plaza de mi pueblo bailábamos el dabke y escuchábamos el oud, mientras los viejos jugaban al chaquete y fumaban sus narjeels.

Esta última palabra nada significaba para Charlie, pero tuvo la prudencia suficiente para no interrumpir a Joseph.

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