La taberna era mucho más primitiva que las de Mikonos, con un aparato de televisión, en blanco y negro, cuyas imágenes ondeaban como una bandera a la que nadie saludaba, y con unos clientes que eran viejos campesinos tan altivos que ni siquiera prestaban atención a los turistas, incluso en el caso de que se tratara de lindas muchachas inglesas, con un caftán azul, pelirrojas, y con un brazalete de oro. Pero en la historia que Joseph se estaba inventando ahora, eran Charlie y Michel que cenaban a solas en la grill-room de un parador situado en las afueras de Nottingham, que les había abierto las puertas en méritos del soborno pagado por Michel. El patético automóvil de Charlie se encontraba, como de costumbre, incapacitado para circular, y guardado en su garaje favorito de Camden. Pero Michel tenía un Mercedes lujoso, y ésta era la marca que le gustaba más. Michel tenía su Mercedes aparcado en la puerta trasera del teatro, y a bordo del Mercedes se llevó inmediatamente a Charlie, en un viaje de diez minutos, bajo la sempiterna lluvia de Nottingham. Y no hubo pasajera pataleta de Charlie, fuere aquí fuese allá, no hubo perecederas dudas de la muchacha, capaces de poner freno al impulso de la narración de Joseph.
Joseph dijo:
- Michel lleva guantes de conducir, para conducir. Es una de sus manías. Si te fijas en ello, nada dices al respecto.
Charlie pensó: «Sí, guantes con orificios en el dorso.» Preguntó:
- ¿Y qué tal conduce?
- No es un conductor nato, pero esto es algo que tú no se lo reprochas. Le preguntas dónde vive, y te contesta que ha llegado en automóvil desde Londres para verte. Le preguntas cuál es su ocupación y te contesta: «Estudiante.» Le preguntas dónde estudia y te contesta: «En Europa.» Lo dice de tal manera que parece insinuar que Europa es un sitio malo. Cuando insistes en tus preguntas sobre el mismo tema, aun cuando no lo haces con excesivo interés, te dice que sigue cursos semestrales en diversas ciudades, según sea el estado de su ánimo y el profesor que dirija el curso. Dice que los ingleses no comprenden este sistema de estudio. Cuando pronuncia la palabra «inglés», lo hace de tal manera que te parece hostil; tú no sabes por qué te parece hostil, pero así te parece. Hazme más preguntas.
- ¿Dónde vive ahora?
- Es un tanto evasivo al respecto, igual que yo. Con vaguedad, dice que a veces vive en Roma, a veces en Munich, un poco en París, en cualquier sitio, según decida. También en Viena. No dice que viva enclaustrado, pero deja claramente establecido que no está casado, lo cual no te desagrada.
Joseph sonrió y retiró la mano. Siguió:
- Tú le preguntas qué ciudad le gusta más, y él no contesta por estimar que la pregunta es frívola. Le preguntas qué disciplina estudia, y te contesta: «La libertad.» Le preguntas de qué país es y él te contesta que su patria está, en la actualidad, ocupada por el enemigo. ¿Cuál es tu reacción ante todo eso?
- Confusión.
- De todas maneras, llevada por tu habitual tozudez, vuelves a insistir y Michel pronuncia la palabra Palestina. Con pasión. En su voz, la palabra Palestina es un reto, es un grito de guerra: Palestina.
Joseph tenía la mirada tan fija en Charlie que ésta no pudo reprimir una risita nerviosa, después de lo cual apartó la mirada. Joseph dijo:
- Debo recordarte que en los tiempos en que ocurre todo lo anterior tú estás seriamente liada con Alastair, pero éste se encuentra en Argyll, para tu tranquilidad, interpretando un corto comercial que anuncia un producto de consumo carente de todo valor, y te consta que Alastair convive con la actriz que interpreta el corto junto con él. ¿De acuerdo?
- De acuerdo.
Y con la consiguiente sorpresa, Charlie se dio cuenta de que se había sonrojado. Joseph
dijo:
- Y ahora te ruego que me digas, por favor, lo que la palabra Palestina, pronunciada de la manera antes dicha por un muchacho ardiente, significa para ti en un parador de Nottingham, durante una noche lluviosa. Digamos que es él mismo quien te lo pregunta. Si te lo pregunta. ¿Por qué no ha de preguntártelo?
Charlie pensó: «¡0h Dios!, ¿Cómo se puede dar tantas vueltas a un mismo asunto?» Contestó:
- Los admiro.
- Llámame Michel, por favor.
- Los admiro, Michel.
- ¿Por qué?
- Por sus sufrimientos.
Charlie se sintió un poco tonta, después de esta contestación, y añadió:
- Por su perseverancia.
- Tonterías. Nosotros, los palestinos, no somos más que un hatajo de terroristas carentes de educación, que hubiéramos debido acostumbrarnos hace ya mucho tiempo a la pérdida de nuestra patria. No somos más que ex limpiabotas y vendedores ambulantes, no somos más que delincuentes juveniles con metralletas y viejos que se niegan a olvidar. Dime tu opinión. Para mí es de gran importancia. Recuerda que todavía te llamo Joan.
Charlie dejó de respirar. «Bueno: a fin de cuentas de algo me sirvieron mis fines de semana revolucionarios.» Contestó: