A lo que Charlie, recordando su tormentosa infancia en un lujoso barrio residencial, contestaba:
- En el maldito Rickmansworth. Lo primero que haremos será arrojar sus malditos automóviles Jaguar a sus malditas piscinas.
Y todos emitían gemidos de terror, a pesar de que sabían que Charlie tenía una marcada debilidad por los automóviles rápidos.
Pero, entre una cosa y otra, la amaban. Indiscutiblemente. Y Charlie, a pesar de que lo negaba, les correspondía.
Contrariamente, Joseph, cual le llamaban, no formaba parte de la familia. Ni siquiera era, como Charlie, un miembro disidente. Joseph gozaba de una autosuficiencia que, para ánimos menos templados, equivalía a la valentía. No tenía amigos, pero no se quejaba, era el extraño que a nadie necesitaba, ni siquiera a ellos. Sólo necesitaba una toalla, un libro, una botella de agua y su sitio privado y particular en la playa. Únicamente Charlie sabía que Joseph era un fantasma.
La primera vez que Charlie avistó a Joseph fue en la mañana subsiguiente a la gran pelea que Charlie tuvo con Alastair, y que Charlie perdió por clarísimo fuera de combate. Charlie padecía una fatal debilidad que la llevaba siempre a sentirse atraída por brutos, y el bruto correspondiente a aquel día fue un escocés borracho, de dos metros de altura, a quien la familia conocía con el nombre de Long Al, quien los amenazó a todos, y citó erróneamente al anarquista Bakunin. Lo mismo que Charlie, el escocés era pelirrojo, tenía la piel blanca, y ojos azules de dura expresión. Cuando los dos salían del agua con el cuerpo reluciente, juntos los dos, parecían personas pertenecientes a una raza distinta de la de todos los demás, y sus expresiones ceñudas revelaban que estaban al tanto de ello. Cuando los dos partían repentinamente, cogidos de la mano, camino de la casa de campo, sin decir nada a nadie, se sentía el carácter imperativo de su deseo, como un dolor que uno hubiera padecido, pero que jamás hubiera compartido. Pero, cuando se peleaban, que era lo que ocurrió en la noche anterior, su encono hería de tal manera a las almas tiernas, cual las de Willy y Pauly, que los dueños de dichas almas tenían que irse y mantenerse alejados hasta que la tormenta hubiera pasado. Y en esta ocasión, Charlie también huyó, se refugió en un rincón para lamerse las heridas. Despertó bruscamente a las seis en punto y decidió tomar un baño solitario, para luego ir al pueblo y regalarse con un desayuno y un diario de lengua inglesa. Y mientras Charlie compraba el Herald Tribune, se produjo la aparición. Fue un clásico fenómeno parapsicológico.
El era el hombre del blazer rojo. En aquellos instantes se encontraba exactamente detrás de Charlie, y compraba un libro de bolsillo, sin hacer el menor caso de la muchacha. Sin embargo, en aquella ocasión el hombre del blazer rojo no llevaba blazer rojo, sino camiseta de manga corta, calzones cortos y sandalias. Pero era el mismo hombre, sin duda alguna. El mismo cabello corto, negro, con blanca escarcha en las puntas y que se rebelaba en la parte central de la frente; la misma mirada cortés de sus ojos castaños, mirada respetuosa de las pasiones ajenas, mirada que había estado fija en Charlie, como una negra linterna situada en la primera fila del Barrie Theater de Nottingham, durante medio día. En la primera sesión y, luego, en la segunda, aquellos ojos sólo estuvieron fijos en Charlie, pendientes de todos sus movimientos. Era una cara que el paso del tiempo no había endurecido ni suavizado, ya que era tan invariable y fija como un grabado. Una cara que, para Charlie, representaba una fuerte y constante realidad, en contraste con las muchas máscaras propias de los autores.
Charlie interpretaba Juana de Arco, y estaba furiosa con el delfín, quien se hallaba lejos de ella, en una posición más elevada, y que con su presencia anulaba todos los parlamentos de Charlie. Por esta razón, hasta el último cuadro, Charlie no se dio cuenta de que aquel hombre estaba sentado entre los niños en edad escolar, en primera fila de una platea sólo mediada. Si la iluminación del escenario no hubiera sido tan débil, Charlie probablemente jamás hubiera visto al hombre en cuestión, pero el sistema de iluminación de la compañía había quedado en Derby, y todos estaban esperando su llegada, por lo que en el escenario no imperaba aquel resplandor que hubiera impedido a Charlie ver al hombre en cuestión. Al principio, Charlie pensó que el individuo era un maestro. Pero, cuando los chicos se fueron, el hombre se quedó, leyendo lo que Charlie supuso era el texto de la obra interpretada, o quizá su presentación. Y cuando se levantó de nuevo el telón para la representación de la noche, el hombre seguía allí, en medio, con su plácida mirada sin reacciones fija en ella, igual que antes. Cuando el telón bajó, Charlie sintió rencor debido a que el telón la privaba de la presencia de aquel hombre.