Charlie advirtió que aquel hombre tenía el hábito militar de oprimir los labios inmediatamente antes de hablar. La voz de aquel hombre, de matices extranjeros y muy controlada, tenía cierta obsesionante tolerancia. Charlie estaba más consciente de lo que aquella voz callaba que no de lo que la voz decía. El comportamiento de aquel hombre hacia ella era lo opuesto a la agresión.

El nombre de Charlie era, en realidad, Charmian, pero todos la llamaban Charlie, y, a menudo, Charlie la Roja, en méritos del color de su cabello y de sus actitudes radicales un tanto locas, actitudes que constituían su manera de demostrar su interés por el prójimo, y de atacar las injusticias. Charlie era como un apéndice de una endeble compañía de jóvenes actores ingleses que dormían en una ruinosa casa de campo que se alzaba a cosa de media milla de la costa, compañía que iba a la playa como una familia siempre unida. El modo en que habían ido a parar a aquella casa de campo, y el modo en que habían ido a parar a aquella isla, era un milagro para todos los miembros de la compañía, aun cuando, por su condición de actores, los milagros no los sorprendían. El mecenas de esta compañía teatral era una opulenta empresa de Londres que recientemente había decidido convertirse en la providencia del teatro itinerante. Terminada la gira por provincias, la media docena de principales miembros de la compañía quedó pasmada al enterarse de que aquella empresa obsequiaba a todos con un período de descanso y diversión, a costa de la empresa. En un vuelo charter fueron transportados a la isla, la casa de campesinos los esperaba amablemente, y el dinero para gastos quedó asegurado gracias a un modesto aumento de los sueldos. Era demasiado amable, demasiado generoso, demasiado súbito, y hacía ya demasiado tiempo. Cuando recibieron la noticia, todos se mostraron gozosamente de acuerdo en que sólo un hatajo de cerdos fascistas podía comportarse con tal filantropía, una filantropía que los dejaba desarmados. Después de esto, se olvidaron todos de la manera en que habían llegado a aquel lugar. Y olvidados de ello estaban hasta el momento en que alguno levantaba medio dormido el vaso y murmuraba el nombre de la empresa, en un tibio brindis.

Charlie no era, ni mucho menos, la más linda de las chicas, a pesar de que su sexualidad era patente, lo mismo que su buena voluntad, siempre incurable y jamás totalmente oculta por sus actitudes voluntariamente adoptadas. Lucy, a pesar de ser estúpida, era preciosa, en tanto que Charlie, de acuerdo con los generales criterios, resultaba un tanto insulsa, ¡noche, con su fuerte y larga nariz, con la cara prematuramente hosca, que en un momento determinado parecía infantil y en el instante siguiente quedaba tan vieja y fúnebre que causaba la impresión de haber tenido una vida terrible hasta el presente momento y se temía lo que la muchacha podía llegar a ser. A veces, Charlie era la huerfanita de la compañía, en otras ocasiones era la madre, quien contaba el dinero, quien sabía dónde se encontraba el medicamento para curar picadas, o las tiras para poner en los cortes en los pies. En estas últimas funciones, Charlie era la que más corazón tenía y la más capacitada. De vez en cuando, Charlie se transformaba en la conciencia de la compañía, los reñía a gritos por algún imaginario o real delito de chauvinismo, de sexismo o de occidental apatía. Sus derechos a actuar de semejante manera tenían su fundamento en la clase social a que Charlie pertenecía, ya que era el elemento distinguido de la compañía. Había sido educada en escuelas de pago y era hija de un agente de cambio y bolsa, aun cuando era preciso tener en cuenta, cual Charlie jamás se cansaba de repetir a sus compañeros, que dicho señor, pobre hombre, acabó entre rejas, por defraudar a sus clientes. Pero la distinción siempre se nota.

Y, por fin, Charlie era indiscutiblemente, la primera dama de la compañía. Cuando llegaba la noche y la familia teatral se dedicaba a representar pequeños dramas, todos ataviados con las túnicas playeras y tocados con sombreros de paja, Charlie, en el caso de que se dignara tomar parte en la representación, era sin la menor duda la mejor, Si se dedicaban a cantar, Charlie era quien tocaba la guitarra mucho mejor de lo que las voces de los demás se merecían. Charlie sabía las canciones populares de protesta, y las cantaba airadamente y con cierto masculino matiz. En otras ocasiones todos se reunían para fumar marihuana y beber retsina, que compraban a treinta dracmas el medio litro. Si, todos menos Charlie, quien se mantenía apartada, cual si ya hubiera fumado y bebido cuanto se puede fumar y beber en la vida.

Con voz adormilada, Charlie les advertía en estas ocasiones: -Esperad a que amanezca mi revolución. Os obligaré a todos, críos indecentes, a cosechar nabos antes del desayuno.

Ante estas palabras, todos fingían temor, y le preguntaban: -¿Y dónde comenzará la revolución? ¿Dónde caerá la primera cabeza?

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