Piper regresó a la casa parroquial y se encontró con Carolyn, Thurston y los hermanos Appleton, que la estaban esperando. Se alegró de verlos porque le permitieron olvidarse de Sammy Bushey. Al menos un tiempo.
Escuchó con atención a Carolyn mientras le contaba el ataque que había sufrido Aidan Appleton, pero el niño parecía encontrarse bien; estaba devorando un paquete de galletas de higo Fig Newton. Cuando Carolyn le preguntó si creía que el niño debía ir a ver a un médico, Piper respondió:
– A menos que se repita, creo que podemos asumir que lo causó el hambre y la emoción del juego.
Thurston sonrió con arrepentimiento.
– Todos estábamos muy emocionados. Divirtiéndonos.
En lo que se refería al alojamiento, la primera posibilidad que se le pasó a Piper por la cabeza fue la casa de los McCain, que estaba cerca de la suya. Sin embargo, no sabía dónde podían tener escondida la llave de emergencia.
Alice Appleton estaba en el suelo dando migas de galleta a Clover. El pastor alemán hacía el viejo truco de «te estoy poniendo el hocico en el tobillo porque soy tu mejor amigo» entre galleta y galleta.
– Es el mejor perro que he visto nunca -le dijo a Piper-. Ojalá pudiéramos tener un perro.
– Yo tengo un dragón -dijo Aidan, que estaba sentado cómodamente en el regazo de Carolyn.
Alice esbozó una sonrisa indulgente.
– Es su A-M-I-G-O invisible.
– Ya veo -afirmó Piper. Se dijo que bien podían romper el cristal de una ventana de la casa de los McCain; a la fuerza ahorcan.
Pero cuando se levantó para ver si había café, se le ocurrió una idea mejor.
– Los Dumagen. ¿Cómo no se me ha ocurrido antes? Han ido a Boston a dar una conferencia. Coralee Dumagen me pidió que le regara las plantas mientras estaban fuera.
– Doy clases en Boston -dijo Thurston-. En Emerson. He editado el último número de
– La llave está bajo una maceta, a la izquierda de la puerta -dijo Piper-. Me parece que no tienen generador, pero hay una cocina de leña. -Dudó unos instantes al darse cuenta de que eran gente de ciudad-. ¿Sabrán usar una cocina de leña sin prender fuego a la casa?
– Me crié en Vermont -respondió Thurston-. Me encargaba de mantener las estufas encendidas, de la casa y el granero, hasta que fui a la universidad. Quién lo iba a decir, todo vuelve. -Y suspiró de nuevo.
– Estoy segura de que habrá comida de sobra en la despensa -dijo Piper.
Carolyn asintió.
– Es lo que nos dijo el conserje del ayuntamiento.
– Y también Juuunior -añadió Alice-. Es policía. Y guapo.
Thurston puso cara triste.
– El policía guapo de Alice me agredió. Él o el otro. No pude distinguirlos.
Piper enarcó las cejas.
– Le dieron un puñetazo en la barriga -dijo Carolyn en voz baja-. Nos llamaron «capullos de Massachusetts», lo cual no es del todo falso, y se rieron de nosotros. Para mí, esa fue la peor parte, cómo se rieron de nosotros. Se comportaron mejor cuando encontraron a los niños, pero… -Negó con la cabeza-. Estaban desquiciados.
Entonces, Piper volvió a acordarse de Sammy. Sintió una palpitación en el lado del cuello, muy lenta y fuerte, pero logró mantener un tono de voz pausado.
– ¿Cómo se llamaba el otro policía?
– Frankie -respondió Carolyn-. Junior lo llamaba Frankie D. ¿Conoce a esos chicos? Debe de conocerlos, ¿no?
– Efectivamente -admitió Piper.
7
Le indicó a la nueva y provisional familia dónde se encontraba la casa de los Dumagen, que tenía la ventaja de hallarse cerca del Cathy Russell si el pequeño volvía a sufrir otro ataque, y cuando se fueron se sentó un rato a la mesa de la cocina, a beber un té. Se lo tomó lentamente. Tomaba un sorbo y dejaba la taza. Tomaba un sorbo y dejaba la taza. Clover gemía. Mantenía un vínculo muy estrecho con su ama, y Piper supuso que el perro notaba su ira.
Una imagen empezó a tomar forma. Y no era muy agradable. Muchos de los nuevos policías, que eran muy jóvenes, habían jurado su cargo hacía menos de cuarenta y ocho horas y ya habían empezado a descontrolarse. Las licencias que se habían tomado con Sammy Bushey y Thurston Marshall no se extenderían a policías veteranos como Henry Morrison y Jackie Wettington, al menos Piper no lo creía, pero ¿qué ocurriría con Fred Denton? ¿Y con Toby Whelan? Quizá. Era probable. Mientras Duke estuvo al mando, todos esos tipos se habían comportado. No habían hecho gala de una actitud intachable, ya que eran de los que te meten bronca de forma innecesaria después de un stop, pero se comportaban. Sin duda, eran lo mejor que podía permitirse el presupuesto del pueblo. Pero su madre acostumbraba a decir «Lo barato sale caro». Y con Peter Randolph al mando…
Había que hacer algo.
Pero tenía que controlar su mal temperamento. Si no lo hacía, la acabaría controlando a ella.
Cogió la correa del colgador que había junto a la puerta. Clover se levantó de inmediato, meneando la cola, con las orejas erguidas y los ojos brillantes.