– Venga, orejudo. Vamos a presentar una queja.
El pastor alemán seguía relamiéndose las migas de galleta que le habían quedado en el hocico cuando salieron por la puerta.
8
Mientras cruzaba la plaza del pueblo con Clover a su derecha, Piper sentía que podía mantener a raya su genio. Se sintió así hasta que oyó las risas. Ocurrió cuando Clove y ella ya estaban cerca de la comisaría. Vio a los chicos cuyos nombres había logrado arrancarle a Sammy Bushey: DeLesseps, Thibodeau y Searles. Georgia Roux también estaba presente, Georgia, que los había jaleado, según Sammy: «Tírate a esa zorra». También estaba ahí Freddy Denton. Estaban sentados en el último escalón de las escaleras de piedra de la comisaría, bebiendo refrescos y charlando. Duke Perkins nunca lo habría permitido, y Piper pensó que si podía verlo desde dondequiera que estuviese, se estaría revolviendo en su tumba con tal fuerza como para prender fuego a sus restos.
Mel Searles dijo algo y todos estallaron en carcajadas y se dieron palmadas en la espalda. Thibodeau tenía un brazo sobre los hombros de Georgia y con la punta de los dedos acariciaba el pecho de la chica. Ella dijo algo y todos rieron con más fuerza aún.
Piper dedujo que se estaban riendo de la violación y de lo puñeteramente bien que se lo habían pasado, y a partir de ese momento el consejo de su padre perdió la batalla. La Piper que cuidaba de los pobres y los enfermos, la que oficiaba matrimonios y funerales, la que predicaba la caridad y la tolerancia los domingos, se vio desplazada de forma brusca a un segundo plano, desde donde solo podía observar lo que sucedía como si se encontrara tras un cristal deformado. Fue la otra Piper la que tomó el control, la que destrozó su habitación con quince años, derramando lágrimas de ira más que de pena.
Entre el ayuntamiento y el edificio de ladrillo de la comisaría se encontraba la plaza del Monumento a los Caídos. En el centro había una estatua del padre de Ernie Calvert, Lucien Calvert, a quien le concedieron una Estrella de Plata póstuma por sus acciones heroicas en Corea. Los nombres de los otros habitantes de Chester's Mills que habían fallecido en una guerra, incluso los de la guerra civil, estaban grabados en el pedestal de la estatua. También había dos mástiles, uno con la bandera de las barras y las estrellas y otro con la bandera del estado, con su granjero, su marinero y su alce. Ambas colgaban flácidas en la luz que se iba tiñendo de rojo a medida que se acercaba la puesta de sol. Piper Libby pasó entre los mástiles como una mujer en un sueño, acompañada de Clover, que la seguía por el lado derecho, con las orejas erguidas.
Los «agentes» sentados en las escaleras estallaron de nuevo en carcajadas, y a Piper le vinieron a la cabeza los trols de los cuentos de hadas que su padre le leía. Trols en una cueva, regodeándose ante una pila de oro robado. Entonces la vieron y callaron.
– Buenas tardes, reverenda -dijo Mel Searles, que se levantó, e hizo un gesto de engreído con el cinturón.
Searles no había dejado de sonreír cuando ella llegó a los escalones, pero entonces dudó y pareció vacilante; debía de haber visto su expresión. Aunque ni ella misma sabía qué cara ponía. La notaba paralizada. Inmóvil.
Vio que el mayor de todos la miraba fijamente, Thibodeau, con un rostro tan impertérrito como el suyo.
– ¿Reverenda? -preguntó Mel-. ¿Va todo bien? ¿Hay algún problema?
Subió los escalones, ni muy rápido, ni muy despacio, seguida fielmente por Clover.
– Vosotros sois el problema.
Le dio un empujón. Mel no lo esperaba. Aún tenía el refresco en las manos. Cayó en la falda de Georgia Roux, agitando los brazos inútilmente para mantener el equilibrio, y por un instante el refresco se convirtió en un pez manta oscuro que destacó sobre el cielo rojo. Georgia dio un grito de sorpresa cuando Mel cayó sobre ella. Se echó hacia atrás y derramó su vaso de soda sobre la losa de granito que había frente a la doble puerta de la comisaría. Piper olió whisky o bourbon. Habían aderezado la Coca-Cola con lo que el resto del pueblo ya no podía comprar. No le extrañó que se rieran.
La fisura roja que había en el interior de su cabeza se hizo más grande.
– No puede… -intentó decir Frankie, que hizo ademán de levantarse, pero Piper le dio un empujón.
En una galaxia muy muy lejana, Clover, que por lo general era un perro muy dócil, empezó a gruñir.
Frankie cayó de espaldas, con los ojos abiertos como platos. Estaba asustado. Por un instante pareció el niño de catequesis que debió de ser en el pasado.
– ¡La violación es el problema! -gritó Piper-. ¡La violación!