Sin embargo, sabía la respuesta. No era el dinero; era el pueblo; lo que él consideraba su pueblo. Sentado en una playa de Costa Rica, o en una finca con guardas de seguridad en Namibia, Big Jim se habría convertido en Small Jim. Porque un hombre sin un objetivo, aunque tenga las cuentas llenas a rebosar de dinero, siempre es un hombre pequeño.
Si le enseñaba todo lo que tenía, ¿lograría alcanzar un acuerdo con él? ¿Obligarlo a dimitir a cambio de su silencio? No estaba convencida. Y le daba miedo enfrentarse a él. Sería una situación fea, peligrosa. Querría que la acompañara Julia Shumway. Y Barbie. Pero Dale Barbara se había convertido en un objetivo de Big Jim.
La voz de Howie, tranquila pero firme, resonó en su cabeza.
Pensó en Howie, en cómo dio marcha atrás por el camino, luego se detuvo para darle un beso en los labios bajo la luz del sol; una boca que ella conocía casi tan bien como la propia, y a la que había amado tanto. Se acarició el cuello como lo hizo él. Como si Howie supiera que se acercaba el final y una última caricia tuviera que valer por todas. Una triquiñuela romántica y facilona, seguro, pero casi se la creyó, y se le inundaron los ojos de lágrimas.
De pronto los papeles y todas las maquinaciones que contenían le parecieron menos importantes. Ni tan siquiera la Cúpula le parecía muy importante. Lo que importaba era el agujero que había surgido de repente en su vida y que estaba engullendo la felicidad que ella siempre había dado por sentado. Se preguntó si el pobre Andy Sanders sentía lo mismo. Supuso que sí.
– Mañana -murmuró Brenda, y cerró los ojos. Al cabo de dos minutos se quedó dormida en la silla de Howie.
En Chester's Mills había llegado la hora de la cena. Algunos platos (incluido el pollo al estilo del rey para unas cien personas) se prepararon en cocinas eléctricas o de gas gracias a los generadores del pueblo que aún funcionaban, pero hubo gente que recurrió a sus cocinas de leña, bien para no malgastar los generadores, bien porque la leña era lo único que tenían. El humo se alzó en el aire calmo desde cientos de chimeneas.
Y se extendió.
5
Después de entregar el contador Geiger -el receptor lo aceptó de buen grado, incluso con entusiasmo, y prometió empezar a hacer lecturas el martes a primera hora-, Julia se dirigió a los Almacenes Burpee's acompañada de Horace. Romeo le había dicho que tenía un par de fotocopiadoras Kyocera nuevas que aún no había sacado ni de las cajas. Podía quedarse las dos.
– También tengo una pequeña reserva de propano -dijo mientras le daba una palmadita a Horace-. Te daré el que necesites, al menos mientras pueda. Tenemos que seguir imprimiendo el periódico, ¿tengo razón? Es más importante que nunca, ¿no crees?
Era justo lo que ella creía y así se lo dijo. También le plantó un beso en la mejilla.
– Te debo una, Rommie.
– Espero un gran descuento en mi anuncio semanal cuando todo esto haya acabado. -Y se dio unos golpecitos con el dedo índice en la aleta de la nariz, como si tuvieran un gran secreto. Quizá lo tenían.
Cuando Julia salió de los almacenes, sonó su teléfono. Lo sacó del bolsillo del pantalón y contestó.
– Hola, Julia al habla.
– Buenas noches, señorita Shumway.