– Ve a Brownie's a por el whisky -dijo Big Jim. Además de tener cosas para matar el hambre y libros de bolsillo, Brownie's era uno de los tres establecimientos de Mills con licencia para vender alcohol, y la policía tenía llave de los tres. Big Jim le pasó la llave por encima de la mesa-. Puerta trasera. Que nadie te vea entrar.
– ¿Qué se supone que tiene que hacer Sam «el Desharrapado» por la priva?
Big Jim se lo explicó. Junior escuchó sin inmutarse… salvo por sus ojos, inyectados en sangre, que estaban exultantes. Solo tenía una pregunta más: ¿funcionaría?
Big Jim asintió.
– Funcionará. Lo bordaré.
Junior dio otro mordisco a su cecina y otro trago a su refresco.
– Yo también, papá -dijo-. Yo también.
7
Cuando Junior se hubo marchado, Big Jim entró en su estudio con el albornoz ondeando majestuosamente a su alrededor. Sacó el móvil del cajón central de su escritorio, donde lo tenía guardado siempre que era posible. Pensaba que eran unos cacharros impíos que no hacían más que fomentar un montón de conversaciones disolutas e inútiles… ¿Cuántas horas de trabajo se habían perdido en cotorreos inútiles con esos trastos? Y ¿qué clase de rayos perniciosos te metían en la cabeza mientras cotorreabas?
Aun así, a veces venían bien. Suponía que Sam Verdreaux haría lo que Junior le dijera, pero también sabía que era estúpido no contratar un seguro.
Escogió un número del directorio «oculto» del móvil, al que solo se podía acceder mediante un código numérico. El teléfono sonó una docena de veces antes de que contestaran.
– ¡¿Qué?! -ladró el progenitor de la multitudinaria prole de los Killian.
Big Jim se estremeció y apartó el teléfono de la oreja un momento. Cuando volvió a acercárselo, oyó como unos suaves cloqueos al fondo.
– ¿Estás en el gallinero, Rog?
– Ah… Sí, señor, Big Jim, claro que sí. Hay que dar de comer a los pollos, llueva, nieve o haga sol. -Un giro de ciento ochenta grados, del cabreo al respeto. A Roger Killian más le valía ser respetuoso; Big Jim lo había convertido en un puñetero millonario. Si estaba desperdiciando lo que podría haber sido una buena vida sin preocupaciones económicas con su manía de seguir levantándose al amanecer para dar de comer a un puñado de pollos, era por voluntad de Dios. Roger era demasiado tonto para dejarlo. Esa era su bendita naturaleza, y sin duda le haría un buen servicio a Big Jim ese día.
– Roger, tengo un trabajo para ti y para tus tres hijos mayores.
– Solo tengo a dos en casa -dijo el hombre. Con su cerrado acento yanqui,
– Seguro que Dios te perdona -dijo Big Jim-. Tú y tus dos hijos mayores, entonces. ¿Puedes llevarlos al pueblo a eso de las…? -Big Jim calculó. No tardó mucho. Cuando lo estabas bordando, las decisiones se tomaban rápido-. ¿Digamos que a las nueve en punto, nueve y cuarto a más tardar?
– Tendré que despertarlos, pero claro que sí -dijo Roger-. ¿Qué vamos a hacer? Traer algo más de propa…
– No -dijo Big Jim-, y ni una palabra sobre eso, Dios te bendiga. Tú escucha.
Big Jim habló.
Roger Killian, Dios lo bendiga, escuchó.
De fondo, unos ochocientos pollos cloqueaban mientras se atiborraban de pienso rociado con esteroides.
8
– ¿Qué? ¿Qué? ¿Por qué?
Jack Cale estaba sentado a su escritorio en el pequeño y apretado despacho del gerente del Food City. El escritorio estaba repleto de listas de inventario que Ernie Calvert y él habían terminado por fin a la una de la madrugada, ya que su esperanza de acabar antes se había hecho pedazos con la lluvia de meteoritos. Entonces las recogió (listas escritas a mano en largas hojas amarillas con pauta) y las agitó delante de Peter Randolph, que estaba de pie en el umbral del despacho. El nuevo jefe de la policía se había engalanado con el uniforme al completo para la visita.
– Mira esto, Pete, antes de que hagas una tontería.
– Lo siento, Jack. El súper queda cerrado. Abrirá otra vez el martes, como almacén de racionamiento. Lo mismo para todos. Nosotros llevaremos las cuentas, Food City Corp no perderá ni un centavo, te lo prometo…
– No se trata de eso. -Jack lanzó algo muy parecido a un gemido. Era un treintañero con cara de niño y una mata de pelo áspero y rojizo a la que en esos momentos torturaba con la mano que no sostenía las hojas amarillas… las cuales Peter Randolph no daba muestras de querer aceptar-. ¡Toma! ¡Mira! ¿De qué me estás hablando, Peter Randolph, por Dios bendito?
Ernie Calvert llegó corriendo desde el almacén del sótano. Tenía una buena barriga, la cara roja, y llevaba el pelo gris rapado a lo militar, como lo había llevado toda la vida. Vestía un guardapolvo verde del Food City.
– ¡Quiere cerrar el súper! -exclamó Jack.