– Habla deprisa, Jim, porque esto es una casa de locos. Los que no han acabado en el hospital con varias costillas rotas o algo parecido están que echan humo. Cada uno culpa al otro. Estoy intentando no ocupar las celdas de abajo, pero es como si la mitad de ellos quisieran acabar ahí metidos.

– ¿Aumentar los efectivos de la policía te parece mejor idea hoy, jefe?

– Sí, por Dios. Nos han dado una paliza. Tengo a uno de los nuevos agentes, esa Roux, en el hospital con la mitad inferior de la cara rota. Parece la novia de Frankenstein.

La sonrisa de Big Jim aumentó hasta convertirse en una mueca.

Sam Verdreaux lo había logrado. Pero, desde luego, eso era otra de las cosas que sucedían cuando lo estabas bordando; si había que pasar el balón, en esas raras ocasiones en que no podías lanzar tú mismo, siempre se lo pasabas a la persona adecuada.

– Alguien le ha dado con una piedra. También a Mel Searles. Ha estado un rato inconsciente, pero parece que ya está bien. La herida tenía mala pinta, así que lo he enviado al hospital para que lo remienden.

– Vaya, es una vergüenza -dijo Big Jim.

– Alguien iba a por mis agentes. Más de uno, creo. Big Jim, ¿de verdad podemos conseguir más voluntarios?

– Me parece que encontrarás un montón de voluntariosos reclutas entre los jóvenes íntegros de esta ciudad -dijo Big Jim-. De hecho, conozco a varios de la congregación de Cristo Redentor. Los chicos de los Killian, por ejemplo.

– Jim, los chicos de los Killian son más tontos que hechos de encargo.

– Ya lo sé, pero son fuertes y saben cumplir órdenes. -Hizo una pausa-. Además, saben disparar.

– ¿Vamos a darles armas a los nuevos agentes? -Randolph parecía dudoso y a la vez esperanzado.

– ¿Después de lo que ha pasado hoy? Desde luego. Yo estaba pensando en diez o doce buenos jóvenes de confianza para empezar. Frank y Junior pueden ayudar a elegirlos. Y necesitaremos a más aún si esto no se arregla para la semana que viene. Págales con vales. Dales primero vales de alimentos para cuando empiece el racionamiento, si es que empieza. Para ellos y para sus familias.

– De acuerdo. Envíame a Junior, ¿quieres? Frank está aquí, y también Thibodeau. Ha recibido unos cuantos golpes en el súper y le han tenido que cambiar el vendaje del hombro, pero está bien como para seguir en marcha. -Randolph bajó la voz-. Dice que el vendaje se lo ha cambiado Barbara. Y que ha hecho un buen trabajo.

– Qué encanto, pero nuestro señor Barbara no cambiará más vendajes en mucho tiempo. Y tengo otro trabajo para Junior. También para el agente Thibodeau. Envíamelo aquí.

– ¿Para qué?

– Si hiciera falta que lo supieras, te lo diría. Tú envíamelo. Junior y Frank ya harán una lista de posibles nuevos reclutas más tarde.

– Bueno… si tú lo di…

Randolph fue interrumpido por un nuevo alboroto. Algo se había caído o lo habían tirado al suelo. Se oyó un estrépito cuando alguna otra cosa se hizo añicos.

– ¡Parad de una vez! -rugió Randolph.

Sonriente, Big Jim se apartó el teléfono de la oreja. Aun así, podía oírlo a la perfección.

– ¡Coge a esos dos!… ¡Esos dos no, idiota, los OTROS dos!… ¡NO, no quiero que los arrestes! ¡Quiero verlos fuera de aquí, joder! Si no hay forma de que se larguen, ¡sácalos a patadas!

Un momento después volvía a hablar con Big Jim.

– Recuérdame por qué quería este trabajo, porque se me está empezando a olvidar.

– Se solucionará -lo tranquilizó Big Jim-. Mañana tendrás cinco agentes nuevos, jovencitos y la mar de frescos, y otros cinco para el jueves. Otros cinco como mínimo. Ahora envíame aquí al joven Thibodeau. Y asegúrate de que esa celda del fondo esté preparada para recibir a un nuevo ocupante. El señor Barbara va a necesitarla esta misma tarde.

– ¿Con qué cargos?

– ¿Qué te parecen cuatro asesinatos, más incitación a la violencia en el supermercado local? ¿Te sirve?

Colgó antes de que Randolph pudiera contestar.

– ¿Qué quieres que hagamos Carter y yo? -preguntó Junior.

– ¿Esta tarde? Primero, un poco de reconocimiento del terreno y planificación. Yo os ayudaré con la planificación. Después participaréis en la detención de Barbara. Lo disfrutaréis, creo.

– Claro que sí.

– En cuanto Barbara esté a la sombra, el agente Thibodeau y tú deberíais daros una buena cena, porque vuestro auténtico trabajo será el de esta noche.

– ¿Cuál?

– Incendiar las oficinas del Democrat… ¿Qué tal te suena?

Junior abrió los ojos como platos.

– ¿Por qué?

Le decepcionó que su hijo tuviera que preguntarlo.

– Porque, para el futuro inmediato, tener un periódico no es lo más conveniente para el pueblo. ¿Alguna objeción?

– Papá… ¿Alguna vez se te ha ocurrido que podrías estar loco?

Big Jim asintió.

– Como un genio -dijo.

<p>7</p>

– La de veces que he estado en esta sala -dijo Ginny Tomlinson con su nueva voz brumosa-, y ni una sola vez me había imaginado a mí misma en la camilla.

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