– Aunque lo hubieras hecho, seguramente no habrías imaginado que te estaría tratando el mismo tío que te sirve el filete y los huevos por las mañanas. -Barbie intentaba conservar el buen ánimo, pero no había parado de remendar y vendar desde que había llegado al Cathy Russell con el primer viaje de la ambulancia y se sentía cansado. Sospechaba que mucha culpa la tenía el estrés: le daba un miedo horrible dejar a alguien peor, en lugar de mejor de lo que estaba. Veía esa misma inquietud en los rostros de Gina Buffalino y Harriet Bigelow, y eso que ellas no tenían el reloj de Jim Rennie avanzando inexorablemente sobre sus cabezas para empeorar las cosas.

– Creo que pasará un tiempo antes de que sea capaz de comerme otro filete -dijo Ginny.

Rusty le había arreglado la nariz antes de atender a ningún otro paciente. Barbie le había ayudado sosteniendo la cabeza de Ginny por los lados con toda la suavidad de la que había sido capaz y murmurándole palabras de ánimo. Rusty le había metido unas gasas empapadas de cocaína medicinal por los orificios nasales, había dado diez minutos al anestésico para que hiciera efecto (tiempo aprovechado para tratar una muñeca con una grave distensión y colocar un vendaje elástico en la rodilla inflamada de una mujer obesa), después había sacado las tiras de gasa con unas pinzas y había empuñado un escalpelo. El auxiliar médico había sido admirablemente rápido. Antes de que Barbie pudiera pedirle a Ginny que dijera «treinta y tres», Rusty le había metido el mango del escalpelo por el orificio nasal más despejado, lo había presionado contra el tabique y lo había usado de palanca.

Como si hiciera palanca para sacar un tapacubos, pensó Barbie al percibir el crujido tenue pero perfectamente audible que hizo la nariz de Ginny al recuperar algo aproximado a su posición normal. No gritó, pero sus uñas abrieron agujeros en el papel protector que cubría la camilla y le cayeron lágrimas por las mejillas.

Ya estaba más calmada, porque Rusty le había dado un par de Percocets, pero todavía le caían lágrimas del ojo menos hinchado. Tenía las mejillas de un violeta inflamado. Barbie pensó que se parecía un poco a Rocky Balboa después de la pelea con Apollo Creed.

– Piensa en la parte buena -dijo.

– ¿Es que la hay?

– Sin duda. A esa Roux le espera un mes entero de sopas y batidos.

– ¿Georgia? He oído decir que le han dado con una piedra. ¿Está muy mal?

– Sobrevivirá, pero pasará mucho tiempo antes de que esté guapa.

– Esa nunca iba a ser Miss Flor de Manzano. -Y, en voz más baja-: ¿Era ella la que gritaba?

Barbie asintió. Por lo visto los alaridos de Georgia se habían oído en todo el hospital.

– Rusty le ha dado morfina, pero ha tardado mucho en caer. Debe de tener una constitución de caballo.

– Y una conciencia de caimán -añadió Ginny con su voz brumosa-. No le desearía a nadie lo que le ha pasado, pero aun así es un argumento de mil demonios en favor del castigo kármico. ¿Cuánto tiempo llevo aquí? Esta mierda de reloj se ha roto.

Barbie consultó el suyo.

– Ahora son las catorce treinta. Así que supongo que llevas unas cinco horas y media en ruta hacia la recuperación. -Giró hacia uno y otro lado las caderas, oyó cómo le crujía la espalda y sintió que se le desentumecía un poco. Decidió que Tom Petty tenía razón: la espera era lo más duro. Supuso que se sentiría más tranquilo en cuanto estuviera en una celda. A menos que estuviera muerto. Se le había pasado por la cabeza que podía resultar conveniente que lo mataran mientras se resistía a la detención.

– ¿Por qué sonríes? -preguntó Ginny.

– Por nada. -Alzó unas pinzas-. Ahora estate quieta y déjame hacer esto. Cuanto antes empecemos, antes habremos terminado.

– Debería levantarme y echar una mano.

– Si lo intentas, el que te echará una mano seré yo: al cuello.

Ginny miró las pinzas.

– ¿Sabes lo que te haces con eso?

– Claro. Gané una medalla de oro en Extracción de Cristales categoría olímpica.

– Tu coeficiente de chorradas es aún mayor que el de mi ex marido. -Sonreía un poco.

Barbie supuso que le dolía, incluso a pesar del cargamento de analgésicos, y la mujer le gustó por ello.

– No serás una de esas pesadas del mundillo médico que se convierte en una tirana cuando le toca a ella recibir tratamiento, ¿verdad? -preguntó.

– Ese era el doctor Haskell. Una vez se clavó una astilla enorme bajo la uña del pulgar y, cuando Rusty se ofreció para quitársela, el Mago dijo que quería a un especialista. -Se rió, luego se estremeció y gimió.

– Por si te sientes mejor, al poli que te ha pegado el puñetazo le han dado con una piedra en la cabeza.

– Más karma. ¿Está levantado y en marcha?

– Pues sí. -Mel Searles había salido andando del hospital hacía dos horas con un vendaje alrededor de la cabeza.

Cuando Barbie se inclinó con las pinzas, ella apartó la cabeza instintivamente. Él la volvió de nuevo hacia sí, apretando la mano (con mucha delicadeza) contra la mejilla que tenía menos hinchada.

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