– Sé que tienes que hacerlo -dijo Ginny-, pero soy como una niña cuando se trata de los ojos.
– Viendo lo fuerte que te ha dado, has tenido suerte de que los cristales se te hayan clavado alrededor y no dentro.
– Ya lo sé. Pero no me hagas daño, ¿vale?
– Vale -respondió él-. Podrás levantarte dentro de nada, Ginny. Seré rápido.
Se pasó un trapo por las manos para asegurarse de que estaban secas (no había querido guantes, no se fiaba de lo torpe que era con ellos) y luego se inclinó. Ginny tenía media docena de pequeñas esquirlas de los cristales de sus gafas incrustadas en las cejas y alrededor de los ojos, pero lo que más le preocupaba era una daga en miniatura que se le había clavado justo debajo del ángulo exterior del ojo derecho. Barbie estaba seguro de que Rusty lo habría extraído él mismo de haberlo visto, pero se había concentrado en la nariz.
Sacó el fragmento con las pinzas y lo dejó caer en una palangana de plástico que había en la repisa. Una minúscula perla de sangre afloró donde había estado alojado el cristal. Barbie respiró tranquilo.
– Vale. Los demás no son nada. Esto va a ser un paseo.
– Dios te oiga -dijo Ginny.
Acababa de extraer la última esquirla cuando Rusty abrió la puerta de la sala de diagnosis y le dijo a Barbie que necesitaba un poco de ayuda. Llevaba en una mano una cajita de metal de Sucrets, caramelos para la garganta.
– ¿Ayuda con qué?
– Con una hemorroide con patas -dijo Rusty-. Esa úlcera anal quiere marcharse de aquí con sus ganancias ilegítimas. En circunstancias normales me encantaría ver su miserable trasero saliendo por la puerta, pero ahora mismo es probable que lo necesite.
– ¿Estás bien, Ginny? -preguntó Barbie.
Ella hizo un gesto con la mano en dirección a la puerta. Él ya estaba allí, a punto de seguir a Rusty, cuando Ginny lo llamó:
– ¡Eh, guapo!
Barbie se volvió, y ella le lanzó un beso.
Barbie lo atrapó.
8
En Chester's Mills solo había un dentista. Se llamaba Joe Boxer. Su consulta estaba al final de Strout Lane y desde su gabinete dental se disfrutaba de una vista panorámica del arroyo Prestile y el Puente de la Paz. Lo cual era agradable si estabas sentado. La mayoría de los que visitaban el gabinete en cuestión estaban en posición reclinada, sin nada que mirar salvo las varias docenas de fotografías del chihuahua de Joe Boxer que había pegadas en el techo. «En una de ellas, parece que el puto perro esté cagando -le había dicho Dougie Twitchell a Rusty después de una visita-. A lo mejor solo es la forma de sentarse de ese tipo de perros, pero no lo creo. Me parece que me he pasado media hora mirando a una bayeta de cocina con ojos de soltar un cagarro mientras ese Box me arrancaba de la mandíbula dos muelas del juicio. Creo que con un destornillador, por el daño que me ha hecho.»
El cartel que colgaba junto a la puerta de la consulta del doctor Boxer era como unos pantalones de baloncesto lo bastante grandes para un gigante de cuento. Estaban pintados de dorado y verde chillón: los colores de los Mills Wildcats. En el cartel decía JOSEPH BOXER, DENTISTA. Y debajo de eso: ¡BOXER ES BREVE! Es cierto que era bastante rápido, en eso todo el mundo estaba de acuerdo, pero no trabajaba con ninguna mutua y solo aceptaba efectivo. Si un leñador entraba con las encías supurando y las mejillas infladas como las de una ardilla con la boca llena de nueces y empezaba a hablarle de su seguro dental, Boxer le decía que les sacara el dinero a Anthem o a Blue Cross o a quienesquiera que fuesen los del seguro y que luego volviera a verle.
Quizá un poco de competencia en la localidad le hubiera obligado a suavizar sus políticas draconianas, pero la media docena de dentistas que habían probado suerte en Mills desde principios de los noventa habían desistido. Se especulaba que Jim Rennie, buen amigo de Joe Boxer, podía haber tenido algo que ver con esa escasez de competencia, pero no había pruebas. Mientras tanto se podía ver a Boxer paseándose un día cualquiera en su Porsche, con la pegatina de ¡MI OTRO COCHE TAMBIÉN ES UN PORSCHE! en el parachoques.
Cuando Rusty llegó por el pasillo seguido de Barbie, Boxer iba de camino a las puertas de entrada. O lo intentaba; Twitch lo tenía agarrado del brazo. Colgando del otro brazo, el doctor Boxer llevaba una cesta llena de gofres Eggo. Nada más; solo paquetes y más paquetes de Eggos. Barbie se preguntó, y no por primera vez, si en realidad no estaría tirado en la acequia que corría detrás del aparcamiento del Dipper's, con los huesos molidos y viviendo una horrible pesadilla causada por las lesiones cerebrales.
– ¡Que no me quedo! -ladró Boxer-. ¡Tengo que llevarme esto a casa para meterlo en el congelador! De todas formas, lo que me estáis proponiendo no tiene casi ninguna posibilidad de funcionar, así que quítame las manos de encima.