Barbie observó el vendaje en mariposa que bisecaba una de las cejas de Boxer y la otra venda, más grande, que le cubría el antebrazo derecho. El dentista, por lo visto, había librado una encarnizada batalla por sus gofres congelados.
– Dile a este matón que me quite las manos de encima -le dijo a Rusty-. Ya me han atendido y ahora me voy a mi casa.
– Todavía no -dijo Rusty-. Le han atendido gratis, y yo espero que lo pague de alguna manera.
Boxer era un tipo bajito, de no más de uno sesenta y dos, pero se irguió cuan alto era y sacó pecho.
– Pues espera sentado. No veo yo que la cirugía dental (que, por cierto, el estado de Maine no me ha autorizado a practicar) sea un justo
– Se lo pagarán en el cielo -dijo Barbie-. ¿No es eso lo que diría su amigo Rennie?
– Él no tiene nada que ver con es…
Barbie se acercó un paso más y miró en la cesta de la compra de plástico verde que llevaba Boxer. Tenía las palabras PROPIEDAD DE FOOD CITY impresas en el asa. Boxer intentó, sin demasiado éxito, proteger la cesta de su mirada.
– Hablando de pagar, ¿ha pagado esos gofres?
– No sea ridículo. Todo el mundo se llevaba de todo. Yo no he cogido más que esto. -Miró a Barbie con actitud desafiante-. Tengo un congelador muy grande, y resulta que me gustan los gofres.
– «Todo el mundo se llevaba de todo» no será una defensa muy buena si le acusan de saqueo -dijo Barbie con gentileza.
Era imposible que Boxer se irguiera más de lo que se había erguido ya y, aun así, lo consiguió. Tenía la cara tan roja que casi estaba violeta.
– ¡Pues que me lleven a los tribunales! ¿Qué tribunales? ¡Caso cerrado! ¡Ja!
Iba a dar media vuelta cuando Barbie alargó la mano y lo agarró, no del brazo sino de la cesta.
– Entonces solo le confiscaré esto, ¿de acuerdo?
– ¡No puede hacer eso!
– ¿No? Pues que me lleven a los tribunales. -Barbie sonrió-. ¡Ah, se me olvidaba…! ¿Qué tribunales?
El doctor Boxer lo fulminó con la mirada, sus labios apretados dejaban ver las puntas de unos dientecillos perfectos.
– Tostaremos esos viejos gofres en la cafetería -dijo Rusty-. ¡Mmm! ¡Deliciosos!
– Eso mientras tengamos electricidad conque tostarlos -masculló Twitch-. Después, podemos clavarlos en tenedores y asarlos sobre el incinerador de la parte de atrás.
– ¡No podéis hacer eso!
Barbie dijo:
– Deje que me exprese con claridad: a menos que haga usted lo que sea que Rusty quiere que haga, no tengo ninguna intención de soltar sus Eggos.
Chaz Bender, que llevaba una tirita en el puente de la nariz y otra en un lado del cuello, rió. Y no con demasiada amabilidad.
– ¡Pague, Doc! -exclamó-. ¿No es eso lo que dice usted siempre?
Boxer se volvió y pasó a fulminar primero a Bender y luego a Rusty con la mirada.
– Lo que quieres apenas tiene probabilidades de funcionar. Debes saberlo.
Rusty abrió la cajita de Sucrets y se la tendió. Dentro había seis dientes.
– Torie McDonald los ha recogido en la entrada del supermercado. Se ha arrodillado y ha rebuscado entre charcos de sangre de Georgia Roux para encontrarlos. Y, si quiere usted desayunar Eggos en un futuro cercano, Doc, se los va a volver a colocar a Georgia en la boca.
– ¿Y si me voy?
Chaz Bender, el profesor de historia, dio un paso adelante. Tenía los puños cerrados.
– En ese caso, mi mercenario amigo, le daré una buena tunda en el aparcamiento.
– Yo le ayudo -dijo Twitch.
– Yo no -dijo Barbie-, pero miraré.
Se oyeron risas y algunos aplausos. Barbie sintió al mismo tiempo alegría y náuseas.
Boxer dejó caer los hombros. De repente no era más que un hombrecillo atrapado en una situación que le venía grande. Cogió la cajita de Sucrets y luego miró a Rusty.
– Un cirujano dental trabajando en condiciones óptimas podría conseguir reimplantar estos dientes, y puede que llegaran a enraizar, aunque tendría la precaución de no darle ninguna garantía al paciente. Si lo hago, tendrá suerte si recupera uno o dos. Lo más probable es que acaben cayéndole tráquea abajo y asfixiándola.
Una mujer corpulenta con una mata de pelo muy pelirrojo apartó a Chaz Bender de un codazo.
– Yo me sentaré junto a ella y me aseguraré de que eso no suceda. Soy su madre.
El doctor Boxer soltó un suspiro.
– ¿Está inconsciente?
Antes de que pudiera ir más lejos, dos unidades policiales de Chester's Mills, una de ellas el coche verde del jefe de policía, aparcaron en la zona de carga y descarga. Freddy Denton, Junior Rennie, Frank DeLesseps y Carter Thibodeau salieron del primer coche patrulla. El jefe Randolph y Jackie Wettington salieron del coche del jefe. La mujer de Rusty salió de la parte de atrás. Todos iban armados y, al acercarse a las puertas de la entrada del hospital, empuñaron las pistolas.
La pequeña muchedumbre que había presenciado la confrontación con Joe Boxer murmuró y se hizo atrás, algunos de ellos esperando sin duda que los arrestaran por robo.
Barbie se volvió hacia Rusty Everett.
– Mírame -dijo.
– ¿Qué quieres de…?