Tampoco se hurtarán voluntades. Es tiempo de luna nueva, Blimunda no tiene por ahora más ojos que el resto de la gente, igual es que ayune o que coma, y esto le da paz y alegría, dejar que las voluntades hagan lo que quieran, quedarse en el cuerpo o salir de él, sea éste mi descanso, pero de repente la conturba un pensamiento, Qué otra nube cerrada vería en el Cuerpo de Dios, en su carnal cuerpo, en voz baja se lo dijo a Baltasar, y él respondió, también en secreto, Pues sería tal que ella sola levantaría la passarola, y Blimunda añadió, Quién sabe si todo lo que vemos no es la nube cerrada de Dios.

Son dichos de manco y visionaria, él porque le falta, ella porque le sobra, hay que perdonarles que no tengan las medidas comunes y que hablen de cosas trascendentes mientras, de noche ya, van paseando por las calles entre Rossío y el Terreiro do Paço, en medio de mucha otra gente que hoy no se va a acostar y que corno ellos, va pisando la arena roja y las hierbas que alfombran el pavimento, traídas por los aldeanos, de tal manera que nunca se vio la ciudad tan limpia, precisamente ésta, que, los otros días, no tiene igual en suciedad. Tras las ventanas acaban las damas de armar los peinados, enormes fábricas de lucimientos y postizos, pronto se pondrán en exposición en la ventana, ninguna va a querer ser la primera, es cierto que inmediatamente atraería las miradas de quien pasa o se muestra en la calle, pero este gusto que tan de prisa viene, se pierde pronto, porque al abrirse la ventana de la casa de enfrente aparece en ella una dama, que por ser vecina es rival, se desvían las miradas de quien me está contemplando, celos que no soporto, tanto más cuanto que es ella mezquinamente fea y yo divinamente bella, ella tiene la boca grande y la mía es un botón, y antes de que ella lo diga, digo yo, Va mote. Para este torneo están mejor servidas las que moran en los pisos bajos, los galanes se ponen a retorcer el mote en sus seseras, palpitando la métrica y la rima, pero entre tanto, de lo alto de la casa, ha bajado otra divisa buscando réplica, gritada para que la oigan bien, mientras el primer poeta dice hacia arriba la glosa al fin compuesta y los otros, de rabia y de despecho, miran fríos al competidor, que recibe ya las gracias de la dama, sospechando que están de acuerdo glosa y mote por haberse puesto también de acuerdo ella y él. Esto se sospecha, esto se calla, porque de esto se distribuyen por igual las culpas.

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