Volvió el cura a los estudios, ya bachiller, ya licenciado, no tardará en ser doctor, mientras Baltasar acerca los hierros a la forja y los templa en el agua, mientras Blimunda raspa las pieles traídas del matadero, mientras ambos cortan el mimbre y trabajan en el yunque, sujetando ella la lámina con las tenazas, batiendo él con el mazo, y tienen que entenderse muy bien para que no se pierda ningún golpe, ella presentando el hierro al rojo, él pegando el golpe seguro, en fuerza y dirección, ni hablar necesitan. Así se fue el invierno, así la primavera, algunas veces venía el cura a Lisboa, llegaba, guardaba en el arca las esferas de ámbar amarillo que traía sin decir de dónde, preguntaba cómo iba lo de las voluntades, miraba por todos los lados la máquina, que iba ganando dimensión y forma, hasta el punto de exceder lo que era cuando Baltasar la desmontó, daba consejos y avisos, y se volvía a Coimbra, a las decretales y a los decretalistas, ahora no era ya estudiante, ya leía en las aulas, Iuris ecclesiastici universi libri tre, Colectanea doctorum tam veteram quam recentiorum in ius pontificum universum, Repertorium iuris civilis et canonici, et coetera, pero nada en lo que estuviera escrito, Volarás.
Ahí está junio. Corre por Lisboa la nada fausta noticia de que este año la procesión del Corpus no traerá las antiguas figuras de los gigantes, ni la sierpe silbadora, ni el flameante dragón, y que no saldrán las vaquillas ni habrá danzas en la ciudad, ni marimbas, ni charamelas, y no vendrá el rey David bailando ante el palio. Se pregunta el pueblo qué procesión va a ser ésa, si no pueden salir los foliones de Arruda atronando las calles con sus panderos, si se prohibe a las mujeres de Frielas danzar la chacona, si no habrá tampoco danza de espadas, si no salen castillos, si no se toca la gaita y el tamboril, si no van saltando los sátiros y las ninfas bajo modos encubiertos de otros bailes, si no se hace ya la danza de la retorcida, si no va a navegar a hombros de los portantes la nao de San Pedro, qué procesión vamos a tener, qué placer nos quitan, si al menos nos dejaran el carro de los hortelanos, no volveremos a oír el silbido de la serpiente, primo, que tanto me horrorizaba cuando pasaba silbando, que ni sé explicar los temblores que sentía, ay.