Está caliente la noche. Pasa gente tocando y cantando, los chiquillos corren unos tras otros, es una peste que anda haciendo esto desde el principio del mundo, incurable, se lían en las sayas de las mujeres, llevan puntapiés y capones de los hombres que las escoltan, y luego, lejos ya, responden con cortes de mangas y muecas, para dispararse más tarde en otra carrera, en otra persecución. Arman una corrida de improviso, con una vaquilla muy simple, dos cuernos de carnero, desparejados quizá, y un cabezal cortado, todo se clava en una tabla ancha, con un puño delante, la parte de atrás apoyada en el pecho, y el que así hace de toro embiste con magnífica nobleza, recibe bramando de fingido dolor las banderillas de palo que se clavan en el cabezal, pero si el banderillero marró el golpe y fue a la mano del que embiste, se pierde así la nobleza de la casta, es otra carrera que se desmanda calle arriba, perturbando a los poetas que se hacen repetir los motes, preguntando hacia arriba, Qué es lo que ha dicho, y ellas, con mucho dengue, Mil pajarillos me traen, y así en estos galanteos, ocios y tropiezos va pasando la noche fuera de las casas, dentro hay endechas y chocolate, y cuando la madrugada se anuncia, empiezan a reunirse las tropas que han de formar carrera a la procesión, estrenando uniformes en honor del Santísimo Sacramento.

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