Vive el cura en los miradores del Terreiro do Paço, en casa de una mujer, viuda desde hace muchos años, cuyo marido fue portero de mala hasta que murió de una estocada en un riña, episodio ocurrido cuando aún reinaba Pedro II, caso, pues, antiguo, que sólo viene a cuento por vivir la mujer donde el cura está viviendo, y mal sería no mencionar de ella al menos este dato, no el nombre, que es lo mismo que nada, como explicado queda. Vive el cura cerca del palacio, menos mal, pues mucho lo frecuenta, no tanto por obligaciones firmes de su título de capellán hidalgo, más honorífico que efectivo, sino por quererle bien el rey, que aún no ha perdido del todo las esperanzas, y ya han pasado once años, por eso pregunta, benévolo, Va a volar la máquina algún día, a lo que el padre Bartolomeu Lourenço, honestamente, no puede responder más que esto, Sepa vuestra majestad que la máquina un día volará, Pero viviré para verlo, No tendrá su majestad que vivir tanto como vivieron los patriarcas del Antiguo Testamento, y no sólo verá volar la máquina sino que volará en ella. La respuesta parece tener un no sé qué de impertinente, pero el rey no repara en ello, o reparó y usa de indulgencia, o lo distrae el recordar que va a asistir a la lección de música de su hija, la infanta Doña María Bárbara, eso habrá sido, le hace una seña al padre para que se una al séquito, no todos pueden presumir de semejantes favores.

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