El padre Bartolomeu de Gusmão apoyó los codos en la tapa del clavicordio, miró demoradamente a Scarlatti, y, mientras no hablan, digamos nosotros que esta fluida conversación entre un cura portugués y un músico italiano no será, probablemente, invención pura, sino transposición admisible de frases y cumplidos que sin duda cambiaron el uno con el otro durante estos años, en palacio o fuera de él, como se verá a continuación. Y si alguien se sorprende de que este Scarlatti en tan pocos meses sepa así hablar portugués, no olvidemos, primero, que era músico, y, luego, hay que decir que la lengua le es familiar desde hace siete años, pues en Roma entró al servicio de nuestro embajador, y en sus andanzas por el mundo, por cortes reales y episcopales, no olvidó lo que había aprendido. En cuanto al carácter erudito del diálogo, a la pertinencia y al redondeo de las frases, alguien ayudó.

Tenéis razón, dijo el cura, pero así no está el hombre libre de creer abrazar la verdad y hallarse ceñido por el error, Como tampoco está libre de creer que abraza el error y encontrarse ceñido a la verdad, respondió el músico, y luego dijo el cura, Recordad que cuando Pilatos preguntó a Jesús qué era la verdad, ni esperó la respuesta para esa pregunta, ni el Salvador se la dio, Tal vez supiesen ambos que no existe respuesta para tal pregunta, Entonces, en ese punto, sería Pilatos igual a Jesús, En última instancia, sí, Si la música puede ser tan excelente maestra de la argumentación, quiero ser músico y no predicador, Gracias por la cortesía, qué más quisiera, señor padre Bartolomeu de Gusmão, que mi música fuese un día capaz de exponer, contraponer y concluir como hace sermón y discurso, Aunque, reparando bien en lo que se dice y cómo, señor Scarlatti, es posible que se expongan y contrapongan, las más de las veces, humo y niebla, y nada se concluya. A esto no respondió el músico, y el cura remató, Todo predicador honrado lo nota al descender del púlpito. Dijo el italiano, encogiéndose de hombros, Queda el silencio después de la música y después del sermón, qué importa que se alabe el sermón y se aplauda la música, tal vez sólo el silencio exista verdaderamente.

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