Está la niña sentada al clavicordio, tan jovencita aún, que no ha hecho nueve años y ya grandes responsabilidades pesan sobre su redonda cabeza, aprender a colocar los deditos cortos en las teclas correspondientes, saber, si es que lo sabe, que en Mafra se está construyendo un convento, muy verdad es el dicho de que a pequeñas causas grandes efectos, porque nace una niña en Lisboa se levanta en Mafra un monte de piedra y viene de Londres contratado Domenico Scarlatti. A la lección asisten sus majestades, en pequeño estado, unas treinta personas, si llegan, contando con los camaristas de semana de él y de ella, ayas, azafatas varias, más el padre Bartolomeu de Gusmão, allá atrás, y otros eclesiásticos. Il maestro va corrigiendo la digitación, fa la do, fa do la, su alteza se pone muy nerviosa, muerde el labio, no se distingue en esto de cualquier otra chiquilla, nacida en palacio o en cualquier otro lugar, la madre intenta disimular cierta impaciencia, el padre está real y severo, sólo las mujeres, tiernos corazones, se dejan arrastrar por la música y por la chiquilla, incluso tocando ella tan mal, que nada tiene de extraño, qué esperaría Doña María Ana, milagros, está la pequeña empezando, el signor Scarlatti ha llegado hace sólo unos meses, y por qué tienen esos extranjeros nombres tan difíciles, si tan poco cuesta descubrir que es Escarlata el nombre de éste, y le queda bien, hombre de completa figura, rostro grande, boca ancha y firme, ojos separados, no sé qué tienen los italianos, como éste, nacido en Nápoles hace treinta y cinco años, Es la fuerza de la vida, hermana.