Al día siguiente, cada uno en su mula, fueron a San Sebastián da Pedreira. Entre el palacio, de un lado, y el granero y el cobertizo de los aperos de otro, el patio aparecía barrido. Corría agua en una acequia, se oía girar una noria. Los planteles próximos estaban cultivados, habían sido podados los frutales, nada había a la vista que pudiera recordar la brava selva de diez años atrás, cuando entraron por primera vez aquí Baltasar y Blimunda. Más delante, la quinta continúa sin cultivar, por fuerza ha de ser así, si para trabajar la tierra sólo hay tres manos, y ésas ocupadas, gran parte del tiempo, en obra que de la tierra no es. Desde el cobertizo, puertas abiertas, vienen rumores de taller. El padre Bartolomeu Lourenço pidió al italiano que esperase, y entró. Baltasar estaba solo, desbastando un tronco ancho con una azuela. Dijo el cura, Buenas tardes, Baltasar, traigo conmigo hoy un visitante para ver la máquina, Quién es, Uno de palacio, No puede ser el rey, Un día vendrá, hace poco que me preguntó cuándo iba a volar la máquina, es otro quien viene, Pues se va a enterar de algo que era secreto, no fue ése nuestro acuerdo, tantos años que estuvimos callándolo, Yo soy el inventor de la passarola y decido lo que conviene, Pero somos nosotros quienes lo estamos construyendo, si quiere, nos vamos ahora mismo, Baltasar, no sé explicártelo, pero siento que la persona que viene conmigo es de toda confianza, pondría por ella las manos en el fuego o dejaría el alma en prenda, Es mujer, Es hombre, italiano de nación, lleva pocos meses en la corte, y es músico, maestro de clavicordio de la infanta, maestro de la capilla real, se llama Domenico Scarlatti, Escarlata, No es así exactamente como se pronuncia, pero la diferencia es tan poca que puedes llamarle Escarlata, en definitiva es así como todos le llaman, hasta cuando creen estar pronunciándolo bien. Se dirigía el cura hacia la puerta, pero se detuvo para preguntar, Dónde está Blimunda, Anda en el huerto, respondió Baltasar.