Baltasar y el padre Bartolomeu Lourenço se miraron perplejos, y luego hacia fuera. Blimunda estaba allí, en la puerta, con un cesto lleno de cerezas, y respondía, Hay un tiempo para construir y un tiempo para destruir, unas manos asentaron las tejas de este tejado, otras lo echarán abajo, y todas las paredes si es preciso. Ésta es Blimunda, dijo el cura, Sietelunas, añadió el músico. Llevaba ella pendientes de cerezas, las traía así para que lo viera Baltasar, y por eso se acercó a él sonriendo y tendiéndole el cesto, Es Venus y Vulcano, pensó el músico, perdonemos la obvia comparación clásica, qué sabe él cómo es el cuerpo de Blimunda bajo las ropas groseras que viste, y Baltasar no es sólo el tizón negro que parece, aparte de no ser cojo, como Vulcano, sino manco, pero eso también lo es Dios. Y qué más quisiera Venus que tener los ojos que Blimunda tiene, vería así fácilmente en los corazones de los amantes, que en algo ha de prevalecer un simple mortal sobre las divinidades. Y eso sin contar que hay algo en lo que también Baltasar gana a Vulcano, porque si el dios perdió a la diosa, este hombre no perderá a su mujer.

Se sentaron todos en torno de la merienda, metiendo la mano en el cesto a la vez, sin mirar más conveniencias que no atropellar los dedos de los otros, ahora el cepo que es la mano de Baltasar, rasposa como un tronco de olivo, después la mano eclesiástica y blanda del padre Bartolomeu Lourenço, la mano exacta de Scarlatti, Blimunda al fin, mano discreta y maltratada, con las uñas sucias como quien vino de la huerta y anduvo cavando antes de coger cerezas. Tiran todos los huesos al suelo, el rey, si aquí estuviera, haría lo mismo, en pequeñas cosas como ésta se ve que los hombres son iguales. Las cerezas son gruesas, carnosas, algunas vienen picadas por los pájaros, qué cerezal habrá en el cielo para que también pueda ir allá a alimentarse, llegada la hora, este pájaro que aún no tiene cabeza, pero si llega a ser de gaviota o de halcón, pueden los ángeles y los santos confiar en que van a comer las cerezas intactas, pues, como se sabe, estas aves desprecian el vegetal.

Перейти на страницу:

Похожие книги