Dicen que anda el reino mal gobernado, que no hay justicia, y no comprenden que la justicia está como debe estar, con su venda en los ojos, su balanza y su espada, qué más quisiéramos, y era lo que faltaba, que ser los tejedores de la venda, contrastar las pesas y bruñir la espada, constantemente remendando los agujeros, restituyendo las pérdidas de peso, pasando el filo por la muela y, en definitiva, preguntando al ajusticiado si va contento de la justicia que le hacen, ganado o perdido el pleito. De los juicios del Santo Oficio no se habla aquí, que ése tiene los ojos bien abiertos, en vez de balanza, una rama de olivo, y una espada afilada que hace que la otra parezca roma y mellada. Hay quien cree que la ramita es oferta de paz, cuando está muy claro que se trata del primer garrancho de la futura hoguera, o te corto, o te quemo, por eso, puestos a faltar a la ley, más vale apuñalar a la mujer, por sospecha de infidelidad, que no honrar a los fieles difuntos, la cuestión es tener padrinos que disculpen el homicidio y mil cruzados que poner en la balanza, que para eso la lleva en la mano la justicia. Castíguese a los negros, y a los villanos, para que no se pierda el valor del ejemplo, pero hónrese a la gente de bien y de bienes, sin exigirle que pague las deudas contraídas, que renuncie a la venganza, que enmiende el odio, y, corriendo pleitos, por no poderse evitar del todo, vengan embrollos, trapacerías, apelaciones, pragmáticas, amaños y evasivas, para que venza tarde quien por justa justicia debiera vencer pronto, para que tarde pierda quien debiera perder de inmediato. Y, entre tanto, se van ordeñando las ubres de la buena leche que es el dinero, requesón precioso, supremo queso, manjar de alguaciles y procuradores, de abogados y fiscales, de testigos y juzgadores, si falta alguien es porque lo olvidó el padre Antonio Vieira y no lo recuerda ahora. Éstas son las justicias visibles. De las invisibles, lo menos que se podría decir es que son ciegas y desastradas, como quedó definitivamente demostrado con el naufragio del barco en el que venían de cazar de la otra orilla del Tajo el infante Don Francisco y el infante Don Miguel, hermanos ambos del rey, vino sobre ellos, sin avisar, una racha de viento y viró la vela, el caso fue que murió ahogado Don Miguel y se salvó Don Francisco, cuando en honrada justicia debería de ser lo contrario, conocidas como son las maldades de éste, intentando extraviar a la reina, codiciando el trono del rey, disparando contra los marineros, al paso que del otro no constan, o son inferiores en calidad. Pero no debemos juzgar con liviandad, quién sabe si no se arrepintió ya Don Francisco, quién sabe si no habrá pagado Don Miguel con la vida el haber puesto cuernos al patrón de la barca, o revolcarle a la hija, que la historia de las familias reales está llena de acciones de éstas.

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