Durante una semana, todos los días, sufriendo el viento y la lluvia por los caminos encharcados de San Sebastián da Pedreira, fue el músico a tocar dos, tres horas, hasta que Blimunda tuvo fuerzas para levantarse, se sentaba junto al clavicordio, pálida aún, rodeada de música como si se sumergiera en un profundo mar, diremos nosotros, que ella nunca por ahí navegó, su naufragio fue otro. Después, la salud volvió de prisa, si es que realmente había faltado. Y, no regresando el músico, por discreto, o retenido al fin por sus obligaciones de maestro de capilla real, acaso descuidadas, y por las lecciones de la infanta, ésta seguramente nada quejosa de las ausencias, Baltasar y Blimunda echaron en falta al padre Bartolomeu Lourenço, y eso les inquietó. Una mañana, habiéndose aliviado el mal tiempo, bajaron a la ciudad, ahora uno al lado del otro, y, mientras iban hablando, podía Blimunda mirar a Baltasar y no ver más que él, afortunadamente, para alivio de ambos. La gente que encontraban en su camino eran arcas cerradas, cofres con candado, si por fuera sonreían o mostraban mala cara, era igual, el mirador no debe saber de aquel a quien mira más que el mismo mirado. Por eso Lisboa parecía tan quieta, pese a los pregones de las calles, las riñas de vecindad, los distintos sones de campanas, las oraciones gritadas ante las hornacinas, una trompeta a lo lejos, un redoble de tambor, un cañonazo de partida o llegada de naves del Tajo, la letanía y la campanilla de los frailes mendicantes. Quien tenga voluntad que la guarde y que la use, quien no la tenga, que se aguante, Blimunda no quiere saber más de cuentos, ya tiene su cuenta en la quinta del duque, sólo ella sabe lo que le costó.