Lo que sí se ha sabido al fin es que el rey ha perdido el pleito en que andaba, no él en persona, sino la corona, con el duque de Aveiro, desde mil seiscientos cuarenta, durante más de ochenta años metidas en tribunales las dos casas, la casa de Aveiro y la casa real, y no se trataba de un quitamealláesaspajas, no era cuestión de aguas o servidumbres, doscientos mil cruzados de renta, imagínense, tres veces los derechos que el rey cobra por los negros que van a las minas del Brasil. Al fin siempre hay justicia en este mundo, y, por haberla, va a tener el rey que restituir ahora al duque todos sus bienes, incluyendo la quinta de San Sebastián da Pedreira, llave, pozo, pomar y palacio, que al padre Bartolomeu Lourenço poco importan, lo peor es el chamizo de los aperos. Pero no vienen juntos todos los males, ha llegado la sentencia en buen tiempo, pues está rematada y dispuesta la máquina de volar, ya puede dar cuenta al rey, que tantos años esperó sin que se alterase su real paciencia, siempre afable de modos, siempre benévolo, pero ahora está el cura en aquella conocida situación del creador que no sabe separarse de su criatura, del soñador que va a perder su sueño, Cuando vuele la máquina, qué voy yo a hacer luego, cierto es que no le faltan ideas de invención, el carbón hecho de barro y zarzas, un nuevo sistema de molienda para los ingenios de azúcar, pero la passarola era su suprema invención, jamás habrá alas que igualen a éstas, excepto, las más poderosas de todas, las que nunca fueron sometidas a prueba de vuelo.

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