El temor, el júbilo, cada uno en su tiempo, pasaron ya, ahora viene el desánimo, subir y bajar saben hacerlo, están como un hombre que fuera capaz de levantarse y de acostarse, pero no de andar. El sol va bajando por el lado de la barra, ya se tienden las sombras sobre la tierra. El padre Bartolomeu Lourenço siente una inquietud cuya causa no consigue discernir, pero de ella lo distrae la súbita observación de que se orientan hacia el norte las nubes de humo de una quemada distante, esto quiere decir que, próximo a tierra, no ha dejado de soplar el viento. Maniobra la vela, la extiende un poco más para cubrir de sombra otra hilera de bolas de ámbar, y la máquina desciende bruscamente, pero no lo bastante como para coger viento. Otra hilera deja de recibir la luz del sol, la caída es tan violenta que el estómago parece querer salírseles por la boca, y, ahora sí, el viento coge la máquina con mano poderosa e invisible y la lanza hacia delante, a tal velocidad que de repente queda Lisboa atrás, ya en el horizonte, diluida en una bruma seca, es como si al fin hubieran abandonado el puerto y sus amarras para ir a descubrir caminos ocultos, por eso sienten oprimido el corazón, quién sabe qué peligros los esperan, qué adamástores, qué fuegos de santelmo, acaso se levantan del mar, que a lo lejos se ve, trombas de agua que van a absorber el aire y empaparlo en sal. Entonces Blimunda preguntó, Adónde vamos, y el cura respondió, Allá donde no pueda llegar el brazo del Santo Oficio, si es que existe ese lugar.

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