Están los tres voladores en la proa de la máquina, van hacia el poniente, y el padre Bartolomeu Lourenço siente que la inquietud le ha vuelto y crece, es pánico ya, al fin va a tener voz, y esa voz será un gemido, cuando el sol se ponga descenderá irremisiblemente la máquina, tal vez caiga, quizá se haga añicos y mueran todos, Es Mafra, ahí, grita Baltasar, y parece el vigía gritando en la cofa, Tierra, nunca comparación alguna fue tan exacta, porque ésta es la tierra de Baltasar, la reconoce, aunque nunca la haya visto desde el aire, quizá llevemos en el corazón una orografía particular que, para cada uno de nosotros, acertará con el lugar particular en que nacimos, lo cóncavo mío en tu convexo, en mi convexo tu cóncavo, es lo mismo que hombre y mujer, mujer y hombre, tierra somos en la tierra, por eso grita Baltasar, Es mi tierra, la reconoce como un cuerpo. Pasan velozmente sobre las obras del convento, pero esta vez hay quien los ve, gente que huye despavorida, gente que se arrodilla y alza las manos implorando misericordia, gente que tira piedras, se apodera la inquietud de miles de hombres, quien no ha llegado a verlo, duda, quien lo vio, jura y pide el testimonio del vecino, pero pruebas ya nadie puede presentar, porque la máquina se ha alejado en dirección al sol, se ha vuelto invisible contra el disco refulgente, tal vez no haya sido más que una alucinación, los escépticos triunfan sobre la perplejidad de los que creyeron.

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