En pocos minutos la máquina alcanza la costa, parece que está tirando de ella el sol para llevársela al otro lado del mundo. El padre Bartolomeu Lourenço comprende que van a caer en el agua, tira violentamente de la cuerda, la vela corre toda hacia un lado, se cierra de golpe, y la subida es tan rápida que la tierra se ensancha de nuevo y surge el sol muy por encima del horizonte. Es demasiado tarde, sin embargo. Por oriente ya se avistan sombras, la noche se está acercando, no es posible huir de ella. Poco a poco, la máquina empieza a derivar hacia nordeste, en línea recta, oblicua en dirección a la tierra, sujeta a una doble atracción, la de la luz, que se debilita rápidamente, pero aún tiene fuerzas para sostenerla en el espacio, y la de la oscuridad nocturna, que oculta ya los valles distantes. No se nota ahora el viento natural, vencido por la violenta corriente de aire provocada por la caída, por el silbido agudo que el descenso hace vibrar en la cobertura de mimbres. El sol está posado en el horizonte del mar como una naranja en la palma de la mano, es un disco metálico retirado de la fragua para enfriarse, su brillo no hiere ya los ojos, fue blanco, cereza, rosa, rojo, fulge aún, pero sombríamente, está despidiéndose, adiós, hasta mañana, si hay mañana para los tres nautas aéreos que caen como un ave herida de muerte, mal equilibrada en las alas cortas, con su diadema de ámbar, en círculos concéntricos, caída que parece sin fin y va a acabar. Frente a ellos se yergue una silueta oscura, será el adamástor de este viaje, montes que se alzan redondos de la tierra, teñidos aún de luz roja en las cumbres. El padre Bartolomeu Lourenço mira indiferente, está fuera del mundo, más allá de la propia resignación, espera el fin que no va a tardar. Pero, de súbito, Blimunda se suelta de Baltasar, a quien se había agarrado convulsa cuando la máquina precipitó su descenso, y rodea con los brazos una de las esferas que contienen las nubes cerradas, las voluntades, dos mil son pero no bastan, las cubre con el cuerpo como si las quisiera meter dentro de sí o unirse a ellas. La máquina da un salto brusco, levanta la cabeza como un caballo a quien tiraran de la brida, queda un segundo en suspenso, vacila, luego vuelve a caer, pero no tan de prisa, y Blimunda grita, Baltasar, Baltasar, no tuvo que llamar tres veces, ya él se había abrazado a la otra esfera, formaba cuerpo con ella, Sietelunas y Sietesoles sustentando con sus nubes cerradas la máquina en descenso, ahora lento, tan lento que apenas rechinan los mimbres cuando toca el suelo, sólo se bandeó hacia un lado, no había allí puntales para sostenerla. No se puede tener todo. Flojos los miembros, extenuados, los tres viajeros saltaron fuera, intentaron aún sostener la amurada, no lo consiguieron, y, rodando, se hallaron tendidos en el suelo, sin un rasguño siquiera, bien es verdad que aún no se han acabado los milagros, y éste ha sido de los buenos, que ni preciso fue invocar a San Cristóbal allí estaba él, vigilando el tráfico, vio aquel avión desgobernado, le echó la manaza y evitó la catástrofe, para ser su primer milagro aéreo, no estuvo nada mal.