Bajó Baltasar a la villa por un caminillo resbaladizo, uno que descendía delante de él cayó en el barro y todos se echaron a reír, con la risa cayó otro, suerte de estas distracciones, que en esta tierra de Mafra no hay patios de comedias, no hay tonadilleras ni actores, ópera sólo en Lisboa, para el cine faltan aún doscientos años, cuando haya passarolas a motor, mucho le cuesta al tiempo pasar, hasta que llegue la felicidad, hola. El cuñado y el sobrino ya habrán llegado a casa, mejor para ellos, no hay nada que valga una hoguera cuando un hombre está empapado, calentarse las manos en la llamarada alta, los cueros de los pies descalzos rozando las brasas, y el frío retirándose de los huesos, despacio, como el hielo que se derrite al sol. Realmente, mejor que esto, que lo hay, sólo una mujer en la cama, y si la mujer es la que uno ama, no precisa más que aparecer en el camino, como ahora vemos a Blimunda, que ha venido a compartir el mismo frío y la misma lluvia, y trae una saya de las suyas que lanza sobre la cabeza del hombre, este olor a mujer que hace subir lágrimas a los ojos, Estás cansado, preguntó ella, basta esto para que el mundo resulte soportable, una saya cubre las dos cabezas, mal comparando es el cielo, así viviese Dios con nuestros ángeles.

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