Pasan los días, las semanas, y las paredes apenas crecen. Las cargas de pólvora van reventando la roca durísima que los soldados atacan ahora, buen provecho daría, y pago del trabajo que da, si pudiera servir, como la otra, para llenar las paredes, pero ésta, que agarrada al monte sólo consiente en desprenderse de él con gran violencia, puesta al aire no tarda en deshacerse en lascas, en poco tiempo se convertiría en terrón si no viniera la carretilla a echarla al fondo. Andan también en el transporte carros mayores, con grandes ruedas y tirados por mulas, a veces los cargan en exceso y, como estos días ha llovido, se atascan los animales en el barrizal, de donde por fin salen a latigazos que caen en rociada sobre el lomo, o en la cabeza cuando Dios no está mirando, aunque todo esto sea para gloria y servicio del mismo Dios, y así no se sabe si no estará quizá desviando los ojos adrede. Los hombres de las carretillas, como llevan menos carga, no se atascan tanto, aparte de que han hecho, con tablas en desuso de andamios viejos, unos pasadizos firmes, pero, como no llegan éstos para todos, hay siempre una guerra de mira y corre a ver quién primero llega, y, si llegan a la par, a ver quién más empuja, y a partir de ahí pueden venir tortas y puntapiés, si es que no unos cuantos palos cortando el aire, momento en que avanza la patrulla de soldados, maniobra suficiente por lo general para enfriar los ánimos exaltados, o, en otro caso, dos estacazos o un zurriagazo en el lomo, como a las mulas.

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