Cuando Francisco Marques llegó a Pêro Pinheiro, echando los bofes por la boca, con las piernas temblándole, ya estaba armado el campamento, aunque no había barracas, no había tiendas, los soldados eran sólo los de la vigilancia acostumbrada, más parecía aquello una feria de ganado, con más de cuatrocientas cabezas, y los hombres andando entre los bueyes, apartándolos a un lado, y con eso se espantaban algunos animales, daban cabezadas, aparatosas pero sin malicia, después los dispusieron para comer el heno que descargaban de los carros, iban a tener que esperar mucho, ahora comían a toda prisa los hombres de la pala y el pico, que serán precisos más adelante. Estaba mediada la mañana, batía el sol con fuerza en el suelo duro y seco, cubierto de menudos fragmentos de mármol, lascas, esquirlas, y, a un lado y otro del rebaje del fondo de la cantera, grandes bloques esperaban su vez para ser llevados a Mafra. Tenían seguro el viaje, pero no hoy.
Algunos hombres se habían reunido en medio del camino, los de atrás intentaban ver por encima de las cabezas de los otros, o forcejeaban por abrirse paso entre éstos, y Francisco Marques se acercó, compensando el retraso con el empeño de saber, Qué están mirando ahí, quizá fue el pelirrojo quien le respondió, Es la piedra, y otro añadió, Nunca vi cosa semejante en mi vida, y movía la cabeza, asombrado. En esto llegaron los soldados y con órdenes y empujones disolvieron la reunión, A ver, apartaos, los hombres son tan curiosos como los chiquillos, y vino el oficial de la veeduría encargado de este transporte, Apártense, dejen sitio, los hombres se apartaron atropellándose, y ella apareció, bien había dicho el Blas pelirrojo y tuerto, La piedra.
Era una laja rectangular, enorme, una barbaridad de mármol rugoso asentado sobre troncos de pino, si nos acercáramos más, oiríamos sin duda el gemido de la savia, como oímos ahora el gemido de asombro que salió de la boca de los hombres, en este instante en que la piedra apareció en su real tamaño. Se acercó el oficial de la veeduría y le puso la mano encima, como si estuviera tomando posesión de ella en nombre de su majestad, pero si estos hombres y estos bueyes no hicieran la fuerza necesaria, todo el poder del rey sería viento, polvo, nada. Pero harán la fuerza. Para eso han venido, para eso dejaron tierras y trabajos suyos, trabajos que eran también de fuerza en tierras que la fuerza apenas amparaba, puede estar tranquilo el veedor, que aquí nadie va a negarse.