Llevaba Baltasar poco tiempo en esta su nueva vida cuando hubo noticia de que era necesario ir a Pêro Pinheiro a buscar una piedra muy grande que allí había, destinada al balcón que quedará sobre el pórtico de la iglesia, tan excesiva la tal piedra que se calcularon en doscientas las yuntas necesarias para traerla, y muchos los hombres que tendrían que ir para ayudar. En Pêro Pinheiro se construiría el carro que tendría que cargar el pedrusco, especie de nave de India con ruedas, esto decía quien ya había visto algunos de sus elementos e igualmente pusiera los ojos, alguna vez, en la nao de la compración. Exageración será, seguro, mejor es que juzguemos con nuestros propios ojos, con todos estos hombres que se están levantando aún de noche y van a salir para Pêro Pinheiro, ellos y los cuatrocientos bueyes, y más de veinte carros que llevan los pertrechos para la conducción, a saber, cuerdas y amarras, cuñas, palancas, ruedas de reserva hechas por la medida de las otras, ejes para el caso de que se partan algunos de los primitivos, escoras de tamaños diversos, martillos, alicates, chapas de hierro, guadañas para cortar heno para los animales, y van también las provisiones que han de comer los hombres, fuera de lo que pudiera ser comprado en los lugares, un mundo de cosas cargando los carros, que quien creyó hacer a caballo el viaje hacia abajo va a tener que hacerlo a pie, no es mucho, tres leguas para allá, tres para acá, cierto es que los caminos no son buenos, pero tantas veces habían hecho ya los bueyes y los hombres esta jornada con otras cargas, que sólo con poner en el suelo la pata y la suela en seguida ven que están en tierra conocida, aunque costosa de subir y peligrosa de bajar. De aquellos hombres que conocimos el otro día, van en el viaje José Pequeno y Baltasar, llevando cada cual su yunta, y, entre el personal de a pie, sólo llamado para hacer fuerza, va el de Cheleiros, aquel que tiene allá mujer e hijos, Francisco Marques es su nombre, y también va Manuel Milho, el de las ideas que le vienen de no sabe dónde. Van otros Josés, y Franciscos, y Manueles, serán menos los Baltasares, y habrá Juanes, Álvaros, Antonios y Joaquines, tal vez Bartolomés, pero ninguno el ya sabido, y Pedros, y Vicentes, y Benitos, Bernardos y Cayetanos, todo cuanto es nombre de varón va aquí, todo cuanto es vida también, sobre todo si es atribulada, principalmente si es miserable, ya que no podemos hablarles de las vidas, por ser tantas, dejemos al menos aquí escritos sus nombres, ésa es nuestra obligación, sólo para eso escribimos, para hacerles inmortales, pues aquí están, si de nosotros depende, Alcino, Blas, Cristóbal, Daniel, Egas, Firmino, Gerardo, Horacio, Isidro, Juvino, Luis, Marcolino, Nicanor, Onofre, Paulo, Quiterio, Rufino, Sebastián, Tadeo, Ubaldo, Valerio, Xavier, Zacarías, una letra de cada uno para que queden todos aquí representados, quizá no todos esos nombres sean propios del tiempo y del lugar, menos aún de las personas, pero, mientras no se acabe quien trabaje, no se acabarán los trabajos, y algunos de éstos estarán en el futuro de alguno de aquéllos, a la espera de quien venga a tener el nombre y la profesión. De cuantos pertenecen al alfabeto de la muestra y van a Pêro Pinheiro, nos pesa dejar ir sin vida contada a aquel Blas que es pelirrojo y camões* del ojo derecho, no faltaría quien empezara a decir que es ésta una tierra de tarados, un jiboso, un manco, un tuerto, y que estamos cargando las tintas, que para héroes hay que elegir a los bellos y hermosos, a los esbeltos y galanes, a los enteros y completos, así lo habríamos querido, pero, la verdad es la verdad, y que nos agradezcan al menos que no hayamos metido en esta historia a todos los belfos y tartamudos, a los cojos y prognáticos, a los zambos y a los epilépticos, a los orejudos y a los tontos, a los albinos y canos, los de la sarna y los de la llaga, los de la tiña y los de la roña, entonces sí, se vería el cortejo de lázaros y quasimodos que está saliendo de la villa de Mafra, de madrugada aún, suerte que de noche todos los gatos son pardos y bultos todos los hombres, si Blimunda hubiera venido a la despedida sin haber comido su pan, qué voluntad vería en cada uno, la de ser otra cosa.