Apenas nació el sol, sube la temperatura del día, cosa nada rara pues estamos en julio. Tres leguas, para este pueblo de andarines, no es jornada matadora, tanto más cuanto que el común del personal regula el paso por la andadura de los bueyes, y éstos no tienen ningún motivo para ir de prisa. Sueltos de carga, sólo uncidos a pares, van incómodos con tanta holgura, y casi sienten envidia de los hermanos que tiran de los carros de los pertrechos, es como estar en la ceba antes del matadero. Los hombres, ya se dijo, van lentamente, callados unos, otros conversando, cada cual buscando los amigos que tiene, pero a uno de ellos pareció picarle una avispa y, apenas salió de Mafra, se largó con trote corto, parecía como si fuera a Cheleiros a librar al padre de la horca, era Francisco Marques, que aprovechaba la ocasión para ir a ahorcarse entre las piernas de su mujer, ahora que ha parido ya, o no será tal la idea quizá, sino sólo la de estar con los hijos, charlar un rato con la esposa, cortejarla sólo, sin pensar en fornicios que tendrían que ser apresurados porque vienen ahí atrás los compañeros, y por lo menos a Pêro Pinheiro conviene que llegue al mismo tiempo que ellos, ya están pasando por nuestra puerta, a ver si nos da tiempo, el pequeño está durmiendo, no se entera de nada, a los otros los mandamos que vayan a ver si llueve, y ellos entienden que el padre quiere estar con la madre, qué sería de nosotros si el rey hubiera mandado hacer el convento en el Algarve, y ella preguntó, Ya te vas, y él respondió, Qué remedio, pero, a la vuelta, si acampamos cerca me quedo contigo toda la noche.