Durante muchos meses, Baltasar arrastró y empujó carretillas hasta que un día se cansó de ser mula de litera, unas veces delante y otras detrás, y, habiendo prestado públicas y buenas pruebas ante los oficiales del oficio, pasó a andar con una yunta de bueyes, de las muchas que el rey había comprado. Fue de buena ayuda en el ascenso José Pequeno, cuya corcova caía en gracia al mayoral, hasta el punto de decir que el boyero quedaba con la cara a la altura del hocico de los bueyes, y era casi verdad, pero, si pensó que con esto le ofendía, muy engañado estaba, porque José Pequeno, por primera vez, tuvo consciencia del placer que le causaba poder mirar por derecho con sus ojos de hombre los inmensos ojos de los animales, inmensos y mansos, donde veía reflejada su propia cabeza, el tronco, y, allá abajo, hundiéndose en la orla inferior del párpado, las piernas, cuando un hombre cabe entero en el ojo de un buey se puede en fin reconocer que el mundo está bien construido. Fue de buena ayuda José Pequeno por que instó al mayoral para que pasara Baltasar Sietesoles a boyero, que si ya andaba con los bueyes un lisiado bien podrían ser dos, se hacen compañía uno al otro, y si no se entiende con el trabajo, no se pierde nada, vuelve a las carretillas, en un día se podrá ver la habilidad del hombre. De bueyes sabía Baltasar lo suficiente, no en vano había lidiado con ellos tantos años, y en dos trayectos se vio que el gancho no era defecto y que la mano derecha no había olvidado ninguna de las cláusulas del arte de la aguijada. Cuando llegó a casa por la noche, iba tan contento como cuando, de chiquillo, descubrió el primer huevo en un nido, cuando de hombre estuvo con la primera mujer, cuando soldado oyó el primer toque de trompeta, y de madrugada soñó con sus bueyes y la mano izquierda, nada le faltaba, hasta Blimunda iba montada en uno de los animales, y que entienda esto quien sepa de sueños soñados.

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