Tan grande había sido el sufrimiento durante este arrastrado día, que todos decían, Mañana no puede ser peor, y sin embargo sabían que sería peor mil veces. Recordaban el camino que bajaba hacia el valle de Cheleiros, aquellas curvas cerradas, aquellos declives terroríficos, aquellas empinadas cuestas que caían casi a pico sobre la carretera, A ver cómo lo pasamos, murmuraban para sí. En todo aquel verano no hubo día de más calor, la tierra parecía un brasero, el sol una espuela clavada en la espalda. Los aguadores recorrían las filas con cántaros al hombro, iban a buscar el agua a los pocos pozos que por allí había, en las tierras bajas, a veces muy alejados, y tenían que trepar monte arriba por senderuelos empinados para llevar los cántaros, no pueden ser peores que esto las galeras. Cerca de la hora de comer, llegaron a un alto desde el que se veía Cheleiros, en el fondo del valle. Con esto contaba ya Francisco Marques, consiguieran bajar o no, una noche en compañía de la mujer nadie se la iba a quitar. Llevando consigo a los ayudantes, el veedor bajó hasta el río que pasaba allí abajo, fue de camino señalando los lugares más peligrosos, los sitios donde el carro debería ser detenido para garantizar el reposo y la mayor seguridad de la piedra, y al fin tomó la decisión de mandar desuncir los bueyes y conducirlos a un espacio desahogado, después de la tercera curva, lo bastante alejados como para no dificultar la maniobra, y lo bastante próximos para ser traídos sin mayor demora si la maniobra lo requería. Así, la plataforma iba a bajar a pulso. No había otra manera. Mientras llevaban las yuntas, los hombres, dispersos por la cima del monte, tostándose al sol, miraban el valle sosegado, los huertos, las sombras frescas, las casas que parecían irreales, tan aguda era la impresión de calma que irradiaba de ellas. Pensarían en eso o no, quizá sólo esta simpleza, Si llego allá abajo, me va a parecer mentira.

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