Si bajara el camino derecho hacia el valle, todo se reduciría a un juego alternado, acaso divertido el juego, de liberación y retención de esta cometa de piedra, darle cuerda y enrollarla, dejarla deslizarse mientras la aceleración no la hiciera indominable, y frenarla a tiempo para que no se precipitara en el valle, aplastando de camino a los hombres que no hubieran conseguido soltarse, cometas ellos de estos y otros cordeles, pero está la pesadilla de las curvas. Mientras el camino era llano, los bueyes fueron utilizados como quedó explicado, tirando algunos lateralmente por la delantera del carro hasta conseguir alinearlo con la recta, breve o extensa, en que la curva se prolongaba. Era sólo un trabajo de paciencia, que de tan repetido se volvía rutinario, desuncir, uncir, desuncir, uncir, la fatiga era para los bueyes, los hombres poco más hacían que gritar. Ahora gritarían éstos de desesperación ante la diabólica combinación de curva y declive que van a tener que vencer muchas veces, pero gritar, en tal caso, no es más que perder huelgos, que ya no son muchos los que les quedan. Estúdiese antes la manera de hacerlo, dejemos los gritos para cuando puedan ser de alivio. El carro va bajando hasta la entrada de la curva, lo más ceñido posible a su parte interior, y ahí se calza la rueda de delante de ese lado, pero no ha de ser el calzo tan sólido que frene el carro entero, ni tan frágil que lo aplaste el peso, si alguien cree que esto no tiene demasiadas dificultades es porque no ha llevado esta piedra de Pêro Pinheiro a Mafra y sólo asistió sentado, o se limita a mirar de lejos, desde el lugar y el tiempo de esta página. Así peligrosamente frenado, el carro puede tener el demoníaco capricho de quedarse tan quieto como si tuviera todas las ruedas clavadas en el suelo. Es lo más común. Sólo en rarísimas condiciones conjuntas de inclinación de la curva hacia el lado de fuera, mínimo roce del terreno, acentuación conveniente del declive, todo a un tiempo y favorable, sólo así la plataforma cederá sin dificultad al impulso lateral que será dado en su parte de atrás, o, milagro aún mayor, rodará por sí propia sobre su único punto de apoyo, allá delante. Lo normal es otra cosa, lo normal es la enorme fuerza que va a ser preciso aplicar en los sitios óptimos, y por el tiempo rigurosamente necesario para que el movimiento no sea demasiado amplio, y fatal en consecuencia, o a Dios gracias por el mal menor, exigiendo nuevo y penoso esfuerzo en sentido contrario. Se aplican las palancas a las cuatro ruedas posteriores, se intenta desplazar el carro, aunque sólo sea medio palmo, hacia el lado exterior de la curva, los hombres que trabajan en las cuerdas ayudan tirando en la misma dirección, es una confusión inmensa, con los de las palancas de fuera entre una selva de amarras tensas como filos de espada, con los de las cuerdas a veces dispuestos por la cuesta abajo, muchas veces resbalando y cayendo, por ahora sin mal mayor. Cedió al fin el carro, se desplazó unos dos palmos, pero, allá delante, durante el tiempo que duró la maniobra, la rueda del lado de fuera fue sucesivamente calzada y descalzada, para prevenir el peligro de que se desmandara la plataforma en medio de uno de estos movimientos, en el mismo segundo en que está como suspendida y sin apoyo, y sin hombres suficientes para sostenerla, pues la mayoría, con todas estas confusas operaciones, ni espacio tienen para moverse. Sobre un vallado muy cómodo, asiste el diablo al espectáculo, pasmado de su propia inocencia y misericordia por no haber imaginado jamás suplicio como éste para la coronación de los castigos de su infierno.

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